2026-04-10

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Crítica de "Dear Killer Nannies: Criado por sicarios": Pablo Escobar, reciclado sin riesgo

Creada por Sebastián Ortega, Pablo Farina y Juan Pablo Escobar, con dirección de Pablo Fendrik y Felipe Cano Ibañez, Dear Killer Nannies: Criado por sicarios (2026) vuelve sobre la figura de Pablo Escobar Gaviria, aunque esta vez desplaza el foco hacia la infancia de su hijo. Ese corrimiento propone una entrada distinta a un relato reiterado: ya no se trata del ejercicio del poder, sino de la mirada de quien creció dentro de ese entramado sin comprender del todo su alcance. En esa perspectiva aparece una promesa narrativa que, al menos en su planteo, busca tensionar lo conocido.

A partir de una estructura en dos tiempos, 1984 y 1993, la serie reconstruye una infancia y adolescencia atravesadas por la convivencia entre privilegio material y violencia constante. Sin embargo, ese contraste pierde densidad a medida que avanza el relato: lo excepcional se vuelve hábito, y el niño que habita espacios vigilados incorpora como normal un entorno marcado por la amenaza. Allí asoma una idea potente que la serie apenas esboza: la formación de una subjetividad donde la noción de cuidado se confunde con la de control.

Esa ambigüedad se sostiene en la narración en primera persona de Juan Pablo Escobar, que organiza el relato y fija su punto de vista. La voz construye un recuerdo que tiende a la fascinación, mientras las imágenes dejan entrever el funcionamiento de una estructura violenta que no se detiene. En ese cruce aparece el concepto de “jaula de oro”, no solo como descripción de un espacio, sino como una forma de entender esa infancia: un territorio delimitado por el encierro, donde quienes protegen son, al mismo tiempo, quienes ejercen la violencia.

En ese marco, las actuaciones acompañan sin buscar desvíos. John Leguizamo compone a Pablo Escobar desde una gestualidad reconocible, mientras que Janer Villareal, Miguel Tamayo y Miguel Ángel García construyen las distintas etapas de Juan Pablo con una continuidad sin sobresaltos. Laura Rodríguez, como Victoria Henao, aporta una presencia sostenida en la lógica de supervivencia que atraviesa al núcleo familiar. El conjunto se integra a una puesta que prioriza la estabilidad antes que la ruptura.

Sin embargo, cuando la serie intenta dialogar con el contexto histórico, opta por una superficie conocida: los hechos aparecen como referencia y no como interrogación. Esa decisión también define su límite. La serie parece más interesada en ordenar un recuerdo que en incomodarlo, en narrar desde la cercanía antes que en problematizar lo que esa cercanía implica. Así, el punto de vista que prometía abrir una lectura distinta termina funcionando como un encuadre cerrado, donde la experiencia personal se impone sobre cualquier posibilidad de complejidad, dejando al relato en una zona segura que evita tensionar su propio material.

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