Cine, plataformas y una mirada federal con "El último gigante"
Marcos Carnevale: “No he tenido que modificar mi forma de filmar para cumplir con algún requisito de estandarización”
El prolífico director de Viudas, Elsa & Fred, Corazón de león, entre tantas otras, acaba de estrenar El último gigante (2026), que tuvo un acotado paso por salas antes de su arribo a Netflix. Se trata de un drama íntimo que pone a Boris (Matías Mayer) frente a un padre ausente (Oscar Martínez), quien regresa en un momento de extrema fragilidad. Con un elenco en el que también se destacan Inés Estévez, Luis Luque y Silvia Kutika, Carnevale propone un nuevo relato en donde los vínculos y los sentimientos están en primer plano. En esta entrevista, habla de la industria y los consumos audiovisuales, de cómo llegó a querer filmar en Misiones, y del trabajo con Mayer.
Misiones, el lugar donde transcurre la historia, tiene mucha belleza. Y esta película se va a ver en todo el mundo, lo que implica una posibilidad para dar a conocer las Cataratas del Iguazú. Pero me gustaría saber, más allá de lo bello del lugar, qué implica para vos dramáticamente en la historia que este encuentro tan singular que viven los personajes principales se vivencie en este marco particular. ¿Qué es lo que el espacio aporta al drama?
Hay dos razones para que la historia transcurra allí. Una razón es de corte político, te diría; yo creo que el cine argentino tiene que federalizarse un poco más y tenemos que mostrar más nuestro país. Creo que muchas veces las historias se centran en Buenos Aires y las filmamos aquí, en Buenos Aires, y mostramos muy poco otros lugares, salvo directores como Sorín y demás que le han dedicado su tiempo a la Patagonia de manera maravillosa. En general, se nos ocurren situaciones urbanas, no se nos ocurre una historia en Córdoba, una historia en Catamarca, una historia en Misiones. Esa es una de las razones que siempre me inquietaron y dije “bueno, necesito filmar en otro lado”. Cuando surgió esta historia, ya el concepto de gigante me llevó a pensar en un marco gigante. Porque es una historia muy chiquita, una historia muy íntima de un padre y un hijo, pero que habilita un marco que se excede por completo, que es un marco enorme, gigantesco, temerario, desafiante. Y las Cataratas me parecieron que eran ideales para eso. Estar ahí, no sé si han estado, supongo que sí, es realmente impactante y te subyuga, te intimida. Es decir, cuando uno está frente a esos saltos se siente muy pequeño. Y esa era un poco la sensación que yo quería generar en la película, que el espectador y los personajes se sintieran pequeños, usando la metáfora esta del gigante.
Marcos, a esta altura ya sos dueño de una filmografía muy amplia. Almejas y mejillones se estrenó en el tiempo en el que todavía se hablaba de fílmico, cuando no existían las plataformas. Y ahora te toca esta modalidad que consiste muchas veces en ir directamente a plataformas. En esta ocasión, con una modalidad que consiste en una acotada cantidad de salas previas al estreno en Netflix. ¿Sentís nostalgia de los estrenos a la vieja usanza y en tal caso, cómo te conectás con el público, con el espectador, ahora que ya no existe esa relación más frecuente con las salas?
Mirá, los tiempos han cambiado en todos los ámbitos. La gente de mi edad vio una evolución muy grande y rápida también. Yo he llegado a ver los teléfonos en mi pueblo, en Córdoba, con clavijas de discos, después de disco y todo eso. Y hoy veo que tenemos un smartphone de estos con los que hablás a Corea en dos segundos. Creo que me fui acomodando a la época. Vos me preguntás si extraño o temo que desaparezca la sala cine. Y, sí… sí. Me gusta mucho más que ver las películas en un televisor. Me parece que la sala de cine es un templo, una ceremonia. Es una reunión en la que uno comparte un momento, como pasa en el teatro. Me parece que eso está buenísimo. A eso sí le tengo mucha nostalgia, pero al mismo tiempo veo la ventaja que tiene, sobre todo para nuestra industria, dado que nosotros tenemos un mercado más acotado. Esta película, por ejemplo, va a estar en 190 países y traducida a 35 idiomas. Antes eso era imposible. Antes, nosotros íbamos con las latas abajo del brazo, íbamos a Uruguay, a Paraguay, a Chile y a donde podíamos a ver si nos compraban la película. Y hoy, en un instante, está en 190 países. Yo tengo películas en Netflix como Granizo, como Goyo, que las han visto más de 200 millones de personas, son como cinco países enteros. Es una cosa impensada, es decir, tiene una cosa a favor muy grande y también hemos perdido cierta magia, cierta mística. ¿Qué contacto tengo con el público? Y, a través de Instagram. Todos los mensajes que me llueven, “que a mí me encantó, no me gustó” o lo que sea. Y también me alucina el hecho de que la esté viendo gente en países que nunca estuve o en países que yo no sabía que existían. Hay un país que se llama Reunión, que está arriba de Madagascar, en África. Y ahí son fanáticos de mis películas. Tengo que ir a Reunión, ¿te das cuenta? Es un país que tiene 300.000 personas nada más. ¿Cómo lo ves? Mira qué lindo. Bueno, pasan esas cosas, que es alucinante. A lo que sí me resisto es a que la gente vea las películas en un teléfono, eso ya me pesa mucho. Eso me pone muy nervioso, porque yo le hago el color, el sonido... Y de repente, en un teléfono, en el subte la estás mirando, ¿qué podés escuchar? Pero bueno, la ven así…
Vi El último gigante y seguramente es un dato para que la plataforma me recomiende contenidos afines. Es la lógica del algoritmo, que nos modela como consumidores culturales. Recientemente, Matt Damon habló de que se piden determinados puntos de giro, en determinados momentos puntuales de los relatos, ya dentro de la tarea del creador audiovisual. ¿Alguna vez viviste algo similar?
Mirá, yo no tuve ese problema con las películas, quizás lo viví un poquito más con el mundo de las series y no con Netflix. Netflix respeta mucho la mirada del artista al que está contratando. Entonces, por ejemplo, si contratan a Campanella, saben que Campanella tiene una impronta particular y tratan de no alterársela. No es que van a decirle “el primer acto tiene que durar tanto, acá tenés que hacer un punto de giro”. Y conmigo tampoco lo hacen. No creo que lo hagan con otros directores más o menos importantes, porque los van a buscar justamente por el sello que traen, por el color que tienen ellos en forma particular, si no estarían atentando o estarían armando un híbrido. El peligro de eso es que sean productos medio híbridos, ¿viste? Si eso ocurre, entonces llega un momento en el que aparece una receta que va perdiendo el alma y que va teniendo múltiples miradas y múltiples requisitos para armar un producto que funcione. Y muchas veces eso no funciona, porque el cine americano lo ha demostrado. Hay películas “de fórmula” que están hechas con mucho dinero, con artistas importantísimos y son un fiasco total, no pasa nada. Pero a mí, los que siguen mis películas, en general, dicen que son películas muy sensibles y tienen alma. Nunca vino alguien a decirme “no seas tan sensible” o “sé más sensible” o “el primer acto tiene que durar menos”, no recibí eso. Sí recibo notas creativas del tipo, “che, mirá este personaje, ¿no piensa esto antes de morirse?” “Ah, no, tienen razón”. Charlas creativas que van y vienen, pero son muy respetuosas y cuidadosas. Esa es mi experiencia. No he tenido que modificar mi forma de filmar para cumplir con algún requisito de estandarización.
Oscar Martínez es uno de nuestros grandes actores y aquí se destaca con el papel de un hombre frágil y de varias aristas. Pero me gustaría que me cuentes cómo fue el trabajo con Matías Mayer, quien también tiene una entrega muy evidente en su rol de hijo.
Matías es una persona excepcional y tiene el don. Es un actor que tiene el don. Hay actores que están formados, que tienen técnica, y hay actores que tienen talento, que tienen un don. Él tiene algo que es eso que yo busco generalmente en los actores con los que trabajo: la verdad. Él trabaja la verdad. Cuando él actúa, no lo ves actuando, no lo ves diciendo una letra, no lo ves poniendo un tono, no lo ves usando la cabeza para decir “acá tengo que hacer esto”. Es como si lo poseyera Boris (el personaje del filme) y decís “corte” y se libera de la posesión. Eso es un don. Además, es un ser humano inteligente, sensible. Entiende todo, y cuando digo esto quiero decir que te sentás a hablar con él de la vida, de la muerte, de lo que sea, y entiende todo. Entonces, cuando un actor entiende todo es muy probable que haga algo bien. Cuando el actor no entiende lo que tiene que hacer se pone difícil, porque empieza a actuar. Y cuando actúa, miente. Y cuando miente, se nota. ¡Mirá qué final que te tiré!