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Crítica de "Los malditos": Folk horror islandés con "los condenados"
Los malditos (The Damned, 2024), dirigida por Thordur Palsson, se inscribe dentro del folk horror, un subgénero del terror que encuentra su fuerza en las creencias populares, los mitos locales y la relación hostil entre el ser humano y la naturaleza. Al igual que las películas de Robert Eggers o Ari Aster, la película apuesta por una atmósfera opresiva, donde el miedo surge de lo que se hereda, se cree y no se cuestiona.
La historia se sitúa en las heladas costas de Islandia durante el siglo XIX, donde una pequeña comunidad de pescadores sobrevive al límite. El mando recae en Eva (Dessa Young), quien debe tomar decisiones imposibles en un contexto marcado por la escasez extrema. Cuando un barco naufraga frente a la costa, auxiliar a los sobrevivientes implica repartir los pocos víveres disponibles; ignorarlos, aceptar una muerte ajena para preservar la propia subsistencia. La elección reactiva una antigua leyenda ligada a los condenados y a la figura de la Draug, una bruja portadora del castigo.
Lejos de funcionar como una amenaza concreta o explícita, la bruja en Los malditos encarna una presencia simbólica. Representa la culpa que se filtra en cada rincón de la comunidad tras la decisión tomada, una manifestación del miedo a haber quebrado un pacto ancestral. Aquí el terror no proviene únicamente de lo sobrenatural, sino de la conciencia moral de los personajes. La película trabaja con sutileza esa frontera borrosa entre lo real y lo imaginado, donde las visiones, los sueños y las supersticiones comienzan a moldear la percepción de los hechos. La condena se instala lentamente, como una infección espiritual.
Las comparaciones con La bruja (The Witch, 2015) de Robert Eggers son inevitables, tanto por la cosmovisión religiosa y pagana como por el uso de paisajes naturales hostiles que refuerzan el aislamiento emocional. Sin embargo, Palsson evita el calco y encuentra su propio tono, apoyándose en un ritmo pausado, una fotografía austera y un diseño sonoro que privilegia el silencio y el viento como elementos narrativos. El guion de Jamie Hannigan sostiene el espesor dramático necesario para que la historia funcione más como una tragedia moral que como un relato de terror convencional.
En ese sentido, Los malditos se alinea con una corriente de cine de género que apuesta por el terror psicológico y atmosférico. El resultado es una película inquietante, sobria y consistente, que confirma el potencial del terror folclórico como vehículo para explorar los miedos más profundos: aquellos que nacen de nuestras propias decisiones.