Festival de Sundance 2026
Crítica de "The Gallerist": una sátira que no logra convertir su premisa en discurso
Presentada en el Festival de Sundance, The Gallerist (2026) propone una sátira sobre el ecosistema del arte contemporáneo y su relación con el mercado, la validación y el espectáculo. La premisa es directa y eficaz: durante la inauguración de una muestra en Art Basel Miami, un crítico de arte influyente muere de manera accidental al quedar empalado en una escultura. En lugar de alertar a las autoridades, la galerista Polina (Natalie Portman) y su asistente Kiki (Jenna Ortega) deciden integrar el cuerpo a la instalación, transformándolo en un fenómeno viral y comercial.
La idea remite a una comedia de humor negro que podría haber trabajado, desde la exageración, la lógica del like, la circulación del escándalo y la legitimación simbólica en el campo cultural. Sin embargo, la película no consigue desarrollar ese punto de partida. El relato oscila entre la farsa acelerada y una sátira que nunca termina de afilar su mirada, quedando en un territorio indefinido que neutraliza tanto la crítica social como la eficacia cómica.
El principal problema reside en el guion, firmado por la propia Yan junto a James Pedersen. La narración exige un grado de suspensión de incredulidad difícil de sostener: la naturalización de un cadáver real en un espacio público, ante coleccionistas, curadores y visitantes, nunca encuentra una justificación narrativa sólida. Esa fragilidad estructural erosiona cualquier intento de comentario sobre el sistema del arte, convirtiendo la conspiración en un mecanismo repetitivo que agota más de lo que interpela.
En ese contexto, Jenna Ortega se destaca con claridad. Su Kiki funciona como punto de anclaje dentro del desorden tonal de la película. Con un manejo preciso del tiempo cómico y una gestualidad contenida, Ortega construye un personaje que encarna la perplejidad y el cansancio generacional frente a un sistema que devora todo. Aunque el guion no termina de explotar su arco, su presencia introduce momentos de coherencia y ofrece los pasajes más efectivos del film.
Natalie Portman, en cambio, enfrenta un personaje atrapado entre la caricatura y el drama. Polina es presentada como una galerista obsesionada con la validación, pero el guion no define con claridad desde dónde debe leerse su recorrido. La actuación oscila entre el exceso y una búsqueda de empatía que el relato no acompaña, lo que deja a Portman luchando contra una construcción narrativa imprecisa.
El resto del elenco queda relegado a funciones accesorias. Da’Vine Joy Randolph aparece como la artista desplazada por el dispositivo del escándalo, pero su personaje es apenas esbozado. Catherine Zeta-Jones transita la historia sin peso dramático y Zach Galifianakis cumple con un rol funcional como figura a sacrificar. Daniel Brühl, en un papel secundario, parece el único que entiende la lógica de la farsa y se mueve con mayor libertad.
En el plano visual, Yan apuesta por una puesta en escena inquieta, con cámara móvil y encuadres angulados que refuerzan la artificialidad del espacio expositivo. Sin embargo, ese impulso formal no se traduce en un desarrollo narrativo consistente. Las observaciones sobre elitismo, mercantilización y vaciamiento simbólico del arte se presentan de manera previsible, sin avanzar hacia una reflexión más compleja sobre autoría, poder o apropiación.
The Gallerist se instala así como una oportunidad desaprovechada. La película cuenta con una premisa atractiva y un elenco de peso, pero no logra articular una mirada que sostenga su propuesta. Jenna Ortega emerge como el elemento más sólido de un conjunto que se diluye en su propio gesto satírico. Lo que podría haber sido una lectura incisiva del circuito artístico contemporáneo queda reducido a una superficie llamativa que nunca encuentra profundidad.