2025-11-19

HBO Max

Crítica de "Merteuil: Juegos de seducción", o de cuando la imagen se convierte en estrategia de supervivencia

La serie Merteuil: Juegos de seducción (Merteuil, 2025), dirigida por Jessica Palud y escrita por Jean-Baptiste Delafon, retoma el universo de Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos desde otro punto de entrada: antes de los títulos, antes de la máscara social. Lejos de la versión clásica de Stephen Frears (1988) y de la relectura adolescente de Roger Kumble en Juegos sexuales (Cruel Intentions, 1999), esta propuesta se detiene en el origen del personaje que la literatura solo sugería.

La historia sigue a Isabelle de Merteuil (Anamaria Vartolomei) en el momento en que pierde todo: su posición, su promesa de matrimonio y el vínculo con Valmont (Vincent Lacoste). Tras la traición, es enviada a un convento, donde comprende que en la Francia previa a la Revolución el deseo no se vive, se negocia. La identidad no se hereda: se fabrica. Ese aprendizaje abre la serie y organiza su recorrido.

Cuando Madame de Rosemonde (Diane Kruger) aparece, lo hace para mostrarle a Isabelle que el poder no está en las palabras, sino en la forma en que se habita el espacio. Su intervención no es salvación ni rescate: es lectura del tiempo histórico. Isabelle observa, imita, calcula. El relato avanza sin grandes discursos, sostenido por gestos que reemplazan a las explicaciones.

Palud presenta una Francia construida sobre la vigilancia. El convento funciona como celda simbólica y los salones aristocráticos como escenarios donde la exposición es permanente. Nadie se mueve sin ser visto. En ese contexto, la serie muestra cómo Isabelle aprende a leer el entorno: quién observa, desde dónde, con qué intención. La época se vuelve estructura dramática.

El crecimiento de la protagonista se cuenta desde lo visual. Al inicio aparece al borde del encuadre, desplazada o cubierta por otros cuerpos. La cámara la filma desde la distancia, como alguien todavía sin posición. A medida que aprende a moverse en el sistema, los planos se abren, los espacios se expanden y su figura gana estabilidad. No hay subrayado emocional: el encuadre explica lo que las escenas callan.

La luz también acompaña ese recorrido. En el convento predomina la sombra corta; en los salones, los espejos multiplican miradas y confirman que el anonimato no existe. El vestuario afianza esa evolución: telas rígidas en el encierro, mayor peso y presencia en los momentos de ascenso. La puesta en escena narra sin necesidad de explicarlo.

 El vínculo con Valmont no se muestra como romance ni como revancha, sino como evidencia de un sistema en el que la seducción opera como ejercicio de autoridad masculina. Lacoste compone un Valmont funcional al orden de su tiempo, más preocupado por conservar posición que por entender consecuencias.

Rosemonde aporta la contracara: una lectura práctica del poder. Su relación con Isabelle es un pacto silencioso donde el conocimiento circula sin adorno. Allí se organiza la verdadera transformación de la protagonista, no en la traición inicial sino en la capacidad de ocupar el espacio con intención.

 Merteuil: Juegos de seducción funciona cuando convierte la imagen en motor narrativo. La serie presenta el ascenso de Isabelle como proceso visual y político, donde cada plano, cada luz y cada desplazamiento construyen sentido. Cuando se mantiene en esa lógica, el relato encuentra su fuerza. La mirada de Palud propone un siglo XVIII donde la identidad se diseña, no se hereda, y donde la supervivencia depende de aprender a manejar el propio reflejo.

Te puede interesar