2025-11-16

40 MDPFF

Crítica de "La casa": Diego Peretti y el thriller donde todo parece perdido… hasta que deja de serlo

Hugo (Diego Peretti), asesor financiero despedido tras la llegada de nuevos inversores, enfrenta la fragilidad de depender del lugar donde vive. En su casa —espacio que debería contenerlo— emergen signos de un desgaste que no puede ocultar. Cada paso por esos pasillos transmite la sensación de un equilibrio que se pierde, como si la arquitectura misma empezara a cuestionar su permanencia.

Ante la falta de alternativas laborales, acepta una oferta que parece la única salida posible: vender la propiedad por la mitad de su valor con la posibilidad de seguir habitándola hasta su muerte. Lo que en apariencia es un pacto de supervivencia se transforma en una presencia difusa que irrumpe en su intimidad. Los intermediarios llegan con su lógica de negocio, pero lo que instalan es una forma silenciosa de ocupación, una vigilancia que se percibe aun cuando no están.

Es en este punto donde la historia se da vuelta. Todo indica que Hugo será víctima de una estafa —esa es la expectativa que construye el relato y que también asume el espectador—, hasta que una serie de hechos fortuitos altera la ecuación y lo deja, inesperadamente, en una posición favorable. Lo que parecía un descenso inevitable encuentra un desvío que redefine el conflicto y desplaza el eje de la amenaza. El film no abandona la tensión, pero revela que su motor no es la trampa, sino la incertidumbre de un hombre que se mueve en el límite.

Diego Peretti sostiene ese vaivén con un registro que evita el exceso y se apoya en gestos mínimos: silencios que se estiran, miradas que esquivan y movimientos que hablan de la incomodidad de convivir con lo desconocido. A su alrededor, César Troncoso, Fabián Arenillas, Guillermo Arengo y Mariano Argento funcionan como fuerzas que entran y salen del cuadro dejando marcas, sin necesidad de subrayar su rol dentro del engranaje.

Aunque su cierre avanza hacia un territorio previsible, La casa (2025) encuentra su fuerza en la administración cuidadosa de la inquietud cotidiana. Triviño trabaja la idea de un peligro que nunca termina de materializarse de forma explícita, pero que actúa como una corriente subterránea desde el momento en que Hugo acepta el trato. Lo que sigue es el desgaste lento de una seguridad que parecía sólida, y el recordatorio de que un ligero giro —mínimo, inesperado, azaroso— puede alterar la suerte del protagonista.

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