2025-08-15

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Crítica de "El amateur: Operación venganza": Rami Malek y la venganza de "Mr. Robot"

El amateur: Operación venganza (The Amateur, 2025) arranca como un thriller denso, oscuro, con aire a cine negro, y poco a poco se transforma en una historia de venganza individualista, cargada de tiroteos, persecuciones y momentos de tensión que parecen más propios del cine de acción estadounidense clásico que de un drama geopolítico. Y aunque esto no es, en principio, un defecto, lo cierto es que el cambio de tono no está bien resuelto. La película se siente como dos historias distintas pegadas con cinta.

No es que carezca de méritos en su construcción. La dirección de James Hawes (Lazos de vida, 2023) se mantiene en lo correcto: sin barroquismos ni excesos, ofrece una puesta sobria y funcional, que da espacio al relato para que fluya. Algunas decisiones de cámara acompañan adecuadamente los estados emocionales del protagonista —encuadres cerrados, uso del desenfoque, planos subjetivos breves pero bien situados— y la fotografía apuesta por una paleta fría y opresiva que refuerza la sensación de que lo que estamos viendo es sórdido y pesado. La ambientación también sigue esta línea: pasillos burocráticos, escritorios amontonados, ventanillas que dan a ningún lado. Lugares deshumanizados, como diseñados para que nadie se sienta cómodo. Es una película que respira burocracia, y eso está bien logrado.

Pero no basta. Lo que no termina de funcionar es el núcleo de la historia. El protagonista es un empleado con un pasado gris, una vida sencilla y una esposa asesinada en un acto que, en cualquier otro guion, hubiera sido apenas un disparador. Aquí no: se convierte en el motor absoluto de toda la narración. A partir de esa pérdida, este hombre común decide ir a fondo contra cuatro criminales peligrosísimos. Y cuando digo "ir a fondo", lo hago en serio: los busca, los encuentra y los mata (spoiler alert). Suena a videojuego: no tiene entrenamiento, ni contactos, ni habilidades especiales. Solo tiene odio y algo de suerte. Y, por más que uno quiera ponerse del lado del protagonista, es difícil de creer.

Es aquí donde la película empieza a resquebrajarse. Porque hay una lógica emocional que no está acompañada por una lógica narrativa. O, dicho de otro modo: uno entiende por qué este hombre hace lo que hace, pero no se cree que pueda hacerlo. No por falta de valentía, sino porque el mundo en el que vive no parece tan permisivo como para que alguien tome la justicia por mano propia sin enfrentar consecuencias o obstáculos reales. La idealización de la venganza remite más a las fantasías de acción de los 2000 —sí, Búsqueda implacable, 24, El justiciero— que a un drama de espías contemporáneo.

Rami Malek, al centro de todo esto, es una presencia compleja. Tiene esa cualidad de actor rígido, que siempre parece estar procesando algo internamente, pero que rara vez lo exterioriza de manera clara. Y ojo, eso no necesariamente es malo. A veces esa contención funciona, genera misterio, agrega capas. Pero en este caso, cuando el personaje debería atravesar un abanico emocional amplio —desde el duelo hasta la furia, pasando por el miedo, la culpa y la duda—, Malek parece mantener el mismo rostro hermético desde el primer minuto. Es como si su expresión facial estuviera atrapada en un bucle. Da rabia, porque sabemos que es un actor capaz, pero aquí queda limitado a su propio registro, sin espacio para la expansión.

El guion tampoco lo ayuda. Hay líneas de diálogo que suenan genéricas, frases hechas, intercambios sin chispa. La trama principal, esa intriga de corrupción estatal, encubrimientos internacionales y traiciones internas, resulta atractiva sobre el papel, pero está desarrollada con cierta tibieza, falta de decisión. Parece que, en lugar de sumergirse de lleno en el barro político, la película se queda en la superficie, como si temiera incomodar demasiado. Se mencionan nombres de agencias, se insinúan conspiraciones, se sugieren crímenes, pero nunca se profundiza de verdad, y eso se vuelve frustrante, sobre todo porque la película parece prometer algo distinto.

Hay secuencias que funcionan, especialmente las más íntimas, donde el personaje enfrenta su pérdida sin palabras. Algunos fragmentos logran construir tensión sin recurrir al recurso fácil del corte rápido o la música épica. Incluso la escena final, sin hacer spoilers, tiene algo poético en su resolución. Pero para llegar hasta ahí, es necesario atravesar varios tramos densos, repetitivos, donde la trama se estanca y la narrativa se vuelve circular.

Lo que más duele, tal vez, es que todo estaba allí: el concepto, la atmósfera, los elementos formales. Pero la ejecución no está a la altura. Es una película que, en algunos momentos, quiere ser El espía (The Spy, 2019), pero termina siendo una mezcla entre Bourne y una miniserie televisiva. El amateur: Operación venganza se esfuerza por parecer inteligente, pero no se atreve a renunciar a las fórmulas del entretenimiento fácil, una indecisión que le pasa factura.

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