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Crítica de "Sting: Araña asesina": Un festín para los amantes del terror retro
Si alguna vez te preguntaste qué pasaría si Steven Spielberg y Sam Raimi tuvieran un hijo mutante del terror clase B, probablemente obtendrías algo como Sting: Araña asesina (Sting, 2024). Escrita y dirigida por Kiah Roache-Turner, esta película australiana nos transporta directamente a ese rincón nostálgico del cine que mezcla monstruos prácticos, efectos especiales de la vieja escuela y un sentido del humor tan desvergonzado como sus gigantescas arañas. Es una carta de amor para quienes crecimos asustándonos con bichos enormes en la pantalla.
La historia sigue a Charlotte, una niña de 12 años con un carácter más fuerte que los adultos que la rodean. Un día, encuentra una araña pequeña y adorable en su edificio. Hasta ahí, todo parece normal. Pero, como buen homenaje al género, la situación se descontrola rápidamente. La araña crece de manera ridículamente rápida y desarrolla un gusto perturbador por la carne humana. Y cuando digo carne humana, no me refiero a un simple mordisquito inocente: hablamos de gore explícito y jugoso, como el que rara vez se ve en el cine moderno.
En cuanto a los efectos, este es el punto donde Sting: Araña asesina realmente brilla. Los efectos prácticos están a la orden del día, y eso siempre se agradece en un panorama cinematográfico saturado de CGI plástico. La criatura principal, con su diseño grotesco y movimientos mecánicos, evoca ese encanto retro que recuerda a clásicos como La cosa (The Thing, 1982) de John Carpenter o los bichos de Gremlins (1984). Es imposible no sonreír ante esa mezcla de terror y lo absurdo. Pero ojo, también hay momentos que logran incomodar de verdad, especialmente si eres aracnofóbico.
Los personajes secundarios son otro punto a favor. Cada uno aporta algo al caos general, ya sea un toque de comedia, momentos de tensión o simplemente una cara nueva para ser devorada. Estos pequeños detalles hacen que la película, aunque no sea revolucionaria, se sienta viva y llena de energía. Y el antagonista, bueno, la araña en cuestión, tiene tanta presencia que casi parece un personaje más, con sus propias intenciones y personalidad. Ahora, ¿es perfecta? Para nada.
El guion tiene algunos diálogos que coquetean con lo ridículo, y las motivaciones de los personajes a veces son tan absurdas como la premisa misma. Pero ahí radica su magia: Sting: Araña asesina no pretende ser más de lo que es. Es una película que sabe exactamente a qué público apunta, y lo hace con orgullo y sin pedir disculpas.
En un mundo donde el terror moderno a menudo busca sobresaltar más que asustar, Sting: Araña asesina nos recuerda por qué amamos esas películas de monstruos que, aunque nos hacían reír, también nos dejaban revisando debajo de la cama antes de dormir. Un delirio grotesco, nostálgico y, sobre todo, divertido. Si te gustan las criaturas grandes, los sustos básicos pero efectivos y ese guiño cómplice al espectador amante del terror, dale una oportunidad. No viene a reinventar el género, pero logra algo que muchas películas más ambiciosas olvidan hacer: divertir. Y, a veces, eso es más que suficiente.