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Crítica de “Una noche en Paladium”: Luces, sombras y un eco lejano
En tiempos donde la memoria se convierte en mercancía y la nostalgia en estrategia de mercado, Una noche en Paladium (2025) aparece como un intento por resucitar un mito que, como tantos otros, se desangra en la evocación de quienes lo vivieron y en la curiosidad de aquellos que solo lo conocen por relatos ajenos. El documental de Francisco Novick no solo es un ejercicio de reconstrucción histórica, sino también una búsqueda personal que, en su intento de llenar los vacíos de una historia familiar, termina por topar con los abismos del olvido selectivo y la idealización.
La estructura sigue la fórmula clásica de los documentales sobre lugares emblemáticos: entrevistas a testigos clave, imágenes de archivo, una voz en off que intenta dar cohesión al relato y una estética que oscila entre lo melancólico y lo celebratorio. Sin embargo, hay algo en la mirada de Novick que delata una angustia latente, un deseo de explicación que nunca llega del todo. La gran pregunta que sobrevuela la película no es qué fue Paladium, sino por qué es necesario recordar. Y es en esa pregunta donde el film se hace más interesante, porque revela que la nostalgia no es un acto inocente, sino una operación política y emocional que decide qué elementos del pasado deben ser preservados y cuáles deben ser olvidados.
El Paladium de Novick es un ecosistema donde conviven el rock argentino en su momento de mayor esplendor, la escena queer cuando la democracia era aún un territorio incierto y el arte que buscaba sacudirse las telarañas de la dictadura. Un refugio de excesos y libertades donde Charly García, Gustavo Cerati y Marta Minujín eran parroquianos de una liturgia nocturna que hoy resulta irrepetible. Pero también es un lugar que se desmorona bajo el peso del tiempo, donde el brillo de las luces estroboscópicas no alcanza para ocultar las sombras de una década que ya no existe.
El documental avanza entre testimonios que oscilan entre la admiración y la pérdida, con personajes que parecen debatirse entre la alegría de haber sido parte de algo irrepetible y la tristeza de saberse guardianes de un recuerdo que poco a poco se diluye. Novick, que hereda la historia de su padre sin haberla vivido, se enfrenta al dilema del arqueólogo emocional: cuanto más escarba, menos certezas encuentra. Su búsqueda de respuestas se transforma en una cáscara vacía cuando el mito de Paladium se revela como lo que realmente es: un espejismo donde cada testigo ve lo que quiere ver, lo que necesita ver.
Una noche en Paladium es un ejercicio de memoria, pero también de extravío. Como las madrugadas que se vivieron entre sus paredes, el film es un vaivén entre la euforia y la resaca, entre el deseo de revivir el pasado y la imposibilidad de atraparlo. Lo que queda al final es la certeza de que, como toda buena noche de excesos, lo importante no es lo que realmente sucedió, sino lo que cada uno elige recordar.