2025-04-11

Salas

Crítica de "Screamboat: La masacre del ratón": Cuando la mugre tiene brillo propio

La masacre del ratón (Screamboat, 2025) es, en algún rincón oscuro del séptimo arte, una película. Tiene principio, desarrollo, final, créditos, sangre, gritos y un ratón asesino que parece salido de la peor pesadilla de Walt Disney, cruzada con una fiesta de disfraces en Once.

Dirigida y protagonizada por Allison Pittel, y con la presencia cada vez más icónica de David Howard Thornton (Terrifier, 2016), la película se adentra con entusiasmo en ese género marginal que recibe varios nombres: trash, Z, cine de explotación o, simplemente, "películas que no deberían existir, pero que igual existen". A pesar de sus muchos defectos, hay algo fascinante en cómo esta propuesta absurda y autorreferencial logra dejar una huella, aunque sea a las patadas.

Estamos ante una película fallida. Desde lo formal, La masacre del ratón es un desastre técnico. Sin embargo, lo más curioso es que, en su acumulación de errores, la película encuentra una coherencia: no hay un solo departamento técnico que destaque por encima del resto: todos están igual de mal, y esa uniformidad del desastre, de algún modo, crea un clima peculiar.

La trama se resume en pocas líneas: un crucero turístico, un ratón antropomórfico psicópata, una serie de asesinatos cada vez más ridículos. Pero lo verdaderamente llamativo no es la historia en sí, sino el subtexto, si es que se puede llamar así. Detrás del delirio gore y los cuerpos desmembrados, hay una clara intención de parodiar —o directamente destruir— el imaginario Disney.

Desde el título, un juego con Steamboat Willie, el primer corto sonoro de Mickey Mouse, hasta la estética infantil corrompida, la película propone un universo donde el entretenimiento familiar se convierte en una trampa mortal. Y eso, aunque suene exagerado, es interesante, al menos como postura, como gesto provocador.

Ahora bien, ¿está la película bien lograda? No. ¿Es entretenida? A su manera, sí. Y aquí surge el dilema central de este tipo de cine: ¿cómo se mide la calidad de una película que no pretende ser "buena" en los términos convencionales? No falla por error, falla con convicción. No busca el prestigio, la crítica, los premios ni la legitimidad; busca el impacto, el shock, el chiste privado entre sus creadores y un público que disfrute de estas rarezas. Y eso la coloca en una zona difícil de juzgar con herramientas críticas convencionales.

Sin embargo, uno puede detenerse en su valor como parodia. El trabajo de David Howard Thornton logra una fisicidad grotesca. Su personaje funciona como símbolo de una época saturada de íconos vacíos, donde lo adorable se convierte en amenaza. En ese sentido, el ratón no es solo una criatura asesina, sino una crítica al marketing feroz que infantiliza todo, que transforma cualquier símbolo en mercancía. 

En el fondo, La masacre del ratón se inscribe en esa tradición de películas que se odian o se celebran, pero rara vez se olvidan. Es un experimento fallido que, al fracasar, revela algo: aún hay margen para hacer cine sin pedir permiso, incluso si ese cine está protagonizado por un Mickey Mouse diabólico que arranca cabezas.

Te puede interesar