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Crítica de “La tumba de las luciérnagas”: Una de las animaciones más célebres y profundas del Studio Ghibli
La Tumba de las Luciérnagas (Hotaru no haka, 1988) dirigida por Isao Takahata, fundador del Studio Ghibli junto Hayao Miyazaki y reconocido realizador de Recuerdos del ayer (Omohide Poro Poro, 1991), Pompoko (Heisei Tanuki Gassen Ponpoko, 1992), El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari, 2013)-, es una transposición animada de la novela homónima de Akiyuki Nosaka publicada en 1967, la cual se basa en sus propias experiencias durante la guerra. Nosaka había rechazado todas las propuestas cinematográficas para adaptar su novela, pero aceptó el proyecto de Takahata, porque le pareció que la técnica de animación era la única que podía representar acertadamente su novela. Pues Takahata (1935-2018) tenía una visión clara para su realización provenientes de sus profundas reflexiones sobre las historias de guerra. Según el guionista y director, las películas bélicas tienden a ser “lacrimógenas” y en ella “los jóvenes desarrollan un complejo de inferioridad, es decir que son percibidos de forma más noble y capaz de lo que realmente son”, es decir que son idealizados. Por ende, Takahata tenía la intención de que su representación discrepe con esta mentalidad y percepción del público tan frecuente.
En consecuencia, La Tumba de las Luciérnagas fue la primera película dirigida por Takahata para Studio Ghibli y el tercer largometraje del estudio. Si bien la animación es de fines de la década del ´80, es la primera vez que se estrena en cines de Argentina, a pesar de haber sido aclamada por la crítica internacional en aquel entonces. Para comprender esto, debemos retraernos a algunas cuestiones. Su estreno en cines japoneses La Tumba de las Luciérnagas, se realizó en conjunto con Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988). Mientras que la primera apuntaba a un público más adulto, la segunda estaba dirigida a un público infantil difundida con más recursos de marketing, por lo cual tuvo más éxito de espectadores. Luego, a mediados de la década del ´90, el filme se estrenó tan solo en algunos países de occidente, debido a que los derechos de distribución de La Tumba de las Luciérnagas no pertenecen a Disney, siendo la única película de Studio Ghibli que no es distribuida por Walt Disney Company, que tampoco es uno de sus productores financieros. En 1994 la animación obtuvo el premio a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Chicago.
Por todo esto, ha llegado el momento que el filme japonés vuelva a circular y difundirse como corresponde para obtener el reconocimiento que tanto merece, y para ello nada mejor que disfrutarlo en pantalla grande. Gracias a esta película, de forma tardía en 2010 Takahata fue premiado por su trayectoria en el Festival de Cine de Locarno. Ambientada en la ciudad de Kobe, Japón, el animé narra la trágica historia de dos pequeños hermanos Seita -de catorce años- y su hermana menor Setsuko, se encuentran desamparados cuando en 1945, durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, los aviones norteamericanos atacan la ciudad.
El relato no sólo fue innovador en su estreno por su técnica de animación o la crudeza de su temática, sino también porque la narración inicia con Seita, quien se encuentra abandonado y muriendo de inanición en una estación de tren, al igual que otros cuerpos de jóvenes que se observan, mientras que su espíritu vivaz lo observa y comienza el racconto de su historia mediante un gran flashback. A partir de sus recuerdos fragmentarios, cargados de amor hacia su hermana, momentos lúdicos (propios de la lógica en la niñez), pero también de fatalismo le presentan al espectador una tierna pero desgarradora historia. Las memorias del niño evidencian el claro contraste antes y después de la guerra, pues el mundo que él conoce ya no será el mismo.
La Tumba de las Luciérnagas es una pieza conmovedora frente a la cual el público no puede quedar indiferente, el relato enuncia con calidez y cruda honestidad, las consecuencias de la guerra en la niñez y sus irreversibles secuelas. Asimismo, expone cómo en ese mundo en guerra los adultos parecen estar ausentes, y los niños quedan desamparados. Al hambre y desprotección, se suma que estos niños quedan huérfanos: su madre muere como producto de las quemaduras de las bombas aéreas y su padre es un oficial de la Armada Imperial Japonesa, a quien solo conocemos en el filme mediante un retrato, pues se encuentra en combate. El único adulto cercano es una tía que no les ofrece nada de contención y es tan cruel que prefieren huir de su lado, buscando sobrevivir por su cuenta en una ciudad en llamas.
Mención aparte merece la emotiva música de dicho animé, compuesta por Michio Mamiya (1929-2024), quien falleció recientemente a los 95 años. Si alguien considera que El Rey León (The Lion King, 1994) -que ya es sabido posee varias “similitudes” con la animación previa japonesa Kimba (1966)- o Bambi (1942) son animaciones tristes, es porque no ha visto La Tumba de las Luciérnagas, una de las películas bélicas más desgarradoras y angustiantes que existen. En ella conviven la brillantez de su realización -y metafóricamente de las luciérnagas- y el triste destino de estos niños. En consecuencia, esta obra encarna una mágica paradoja: a pesar de tratarse de una animación es más realista y humana que cualquier live action.