En cines de Estados Unidos
Crítica de “Last Straw”: cuando los victimarios son las víctimas
Gritos, sustos, vísceras. Locura, brujería y diablos. Fantasmas y espíritus. Cuchillos y tableros güija. Las muchas y muy distintas variantes del terror lo convierten en uno de los géneros más prolíficos y amplios del cine contemporáneo, con buena parte de ellas teniendo en común el necesitar pocos elementos para construir una trama con sus sustos debidamente distribuidos. Como el subgénero “home invasion”, es decir, “invasión a casas”, que puede definirse muy rápido y simple, ya que su nombre deja en claro de qué va el asunto: una o más personas llegan a una casa donde generalmente una familia (o pareja o grupo de amigos o lo que sea) está muy tranquila, y desata un festín de locura que suele incluir torturas, juegos psicológicos y muchas amenazas.
Estrenado en la edición 2023 del Festival de Sitges, uno de los más importantes del globo cinéfilo que indaga en los nutridos pliegues del cine de género, el debut en la realización de Alan Scott Neal tiene todos los componentes que requiere una home invasión, aunque los utiliza de manera engañosa. Primero, porque acá no hay una casa ni un grupo como potencial víctima, sino un restaurante con sólo una persona en su interior, un detalle a priori ínfimo pero que le permite a Last Straw desplegar un entramado dramático mucho más complejo en el que conjuga apuntes tanto sobre las relaciones laborales como las filiales y de género. Segundo, porque sobre el Ecuador del metraje Neal apuesta por un quiebre de cintura introduciendo un largo flashback que resignifica buena parte de lo que ocurre, lo que nos lleva a la tercera particularidad: el cambio en punto de vista del de la víctima al de los victimarios.
La sociedad fracturada
El resultado de esa faena lo conocemos muy rápido, ya que Last Straw comienza con un primer plano de una rockola funcionando que, al abrirse, revela que estamos en uno de esos bares ruteros estadounidenses que hemos visto en tantas películas. Pero no hay camioneros ni otros viajantes, sino un tendal de cuerpos inertes, charcos de sangre y el desorden propio de una noche caótica y violentísima. Mientras tanto, escuchamos una voz en principio anónima llamando aterrorizada al 911 para pedir ayuda. La acción se retrotraerá hasta 24 horas antes para encontrar a Nancy Osborn (Jessica Belkin), una camarera de 20 años que, como nueve de cada diez personas de 20 años, no sabe muy bien qué quiere ni está del todo conforme con lo que tiene.
¿Qué tiene? Un trabajo en ese restaurante, propiedad de su padre Edward (Jeremy Sisto), quien hace poco tomó la decisión de ascenderla a mánager seguramente movido más por el deseo de tenerla cerca e intentar entretenerla antes que por sus posibles aptitudes para el cargo. Ese acto de nepotismo, desde ya, gusta poco y nada al resto de los empleados, tensionando aún más la dinámica diaria. Para dejar bien en claro que no están de acuerdo, una misma noche todos aseguran no poder ir a trabajar, obligando a que todas las áreas del local sean cubiertas por, obvio, Nancy. La aparición durante el día de un grupo de motociclistas con máscaras son el preludio de la noche infernal.
La voz de los “malos”
Lo que comienza con algunas bromas, cada cual más zarpada que la anterior, irá escalando hasta un punto de no retorno en el que la violencia se adueña del escenario. Sin embargo, cuando la mesa está servida para una home invasion de manual, pródiga en tensión y suspenso, Last Straw (2023) toma la curiosa decisión de tirar el freno de mano con un flashback donde explica quiénes son los enmascarados y cuáles son los motivos de un ataque que, claro, está muy lejos de ser casual.
Luego de ese desvío, el relato vuelve casi al mismo punto donde había quedado para, ahora sí, concentrarse en el ataque. Como suele ocurrir, la policía es representada mediante un oficial inepto, el teléfono de línea no anda, el celular quedó perdido en algún lado y el único que podría a Nancy, su padre, está inaccesible. A Nancy sólo le queda su ingenio y tenacidad para resistir los embates.
Alan Scott Neal se muestra como un director con buen pulso para construir el suspenso ante las acechanzas a Nancy, al tiempo que se vale del fuera de campo para hacer de ese apacible restaurant lo más parecido a una trampa mortal cargada de potenciales peligros, un recurso que recuerda al cine mucho más político y alegórico, de indudable trasfondo social, que dominaba el escenario del género en los ’70 y los ’80, tal como reconoció el realizador. Queda la duda de qué tan distinta hubiera sido Last Straw sin ese flashback explicativo. A fin de cuentas, todo es más terrorífico cuando menos sabemos sobre aquello que nos atemoriza y que, tome la forma que tome, puede definirse como alguna de las innumerables formas que puede adquirir el Mal.
Last Straw fue lanzada en Estados Unidos por la companía Shout! Studios el 20 de septiembre en cine, formatos digitales y VOD.