Festival de Cine de Morelia
Crítica de “Chicharras”: Luna Marán y la lucha de un pueblo mexicano por su identidad
Chicharras, dirigida por Luna Marán, ofrece una visión auténtica de las comunidades rurales en México, destacando las complejidades sociales y políticas que surgen cuando el gobierno intenta introducir cambios significativos sin un consenso total. Ambientada en el pequeño pueblo de San Pablo Begú, en Oaxaca, la trama gira en torno a un proyecto de construcción de una carretera que atravesaría el corazón del pueblo, alterando tanto el paisaje como la dinámica de la comunidad.
Uno de los mayores logros de Marán en Chicharras es su habilidad para capturar la vida cotidiana de San Pablo Begú desde una perspectiva intimista. Los habitantes del pueblo no solo son personajes; son el alma misma de la historia. Las decisiones no recaen exclusivamente en el presidente del comité, sino que cada miembro de la comunidad aporta su visión, desde el consejo de administración hasta las conversaciones informales en los desayunos.
A través de una narrativa que recuerda al documental, la película logra que el espectador se sienta parte de estas pláticas, estos chismes locales que revelan las verdaderas preocupaciones y temores de sus habitantes. La importancia de las conversaciones y de las voces comunitarias es fundamental, ya que no se trata simplemente de una historia sobre la carretera, sino de cómo cada persona siente el impacto de un cambio potencial.
Luna Marán trabajó de cerca con la comunidad de Guelatao en Oaxaca, de donde los actores y el contexto mismo toman vida, lo que aporta una naturalidad única a las escenas. Las actuaciones son tan orgánicas que se asemejan a un retrato en tiempo real de la vida rural en México. Los personajes parecen cargados de sus propias historias, deseos y frustraciones, permitiendo que el espectador vea más allá de la trama principal y perciba las complejidades individuales de quienes participan en esta difícil decisión.
A pesar de que, por momentos, Chicharras se aleja de la narrativa central, Marán siempre encuentra el camino de regreso a la pregunta crucial: ¿está preparada esta comunidad para el cambio que implicaría la carretera? La película explora sin prisas las tensiones entre generaciones, el diálogo entre los ancianos y los jóvenes, mostrando una gama de opiniones que reflejan tanto la tradición como la aspiración por el progreso.
La riqueza visual de Chicharras se amplifica con la fotografía, que no solo enmarca a los personajes, sino que expande el sentido de lugar. Cada rincón del pueblo es capturado en detalle: el eco de las risas, el vaivén de las miradas y las sombras de los espacios que los habitantes han hecho suyos a lo largo de generaciones. Este trabajo fotográfico permite al espectador no solo ver, sino sentir el espacio, acompañado por una banda sonora que se mantiene incluso cuando los personajes dejan de tocar sus instrumentos, como si la música fuera el eco de sus recuerdos. La musicalidad cumple un papel casi nostálgico, manteniéndose incluso después de la acción, recordando al espectador que la vida continúa en el pueblo, entre fiestas, rezos y disputas.
Chicharras es una pieza fundamental para entender la vida en estas comunidades que, a menudo, pasan desapercibidas, pero que sostienen una resistencia inquebrantable ante la modernidad impuesta. En este sentido, la película se convierte en un grito de identidad, una afirmación de que la voz de un pueblo sigue siendo tan poderosa como las grandes decisiones que intentan pasar sobre ella.