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Crítica de "Departamento 7A": Julia Garner en la precuela de "El bebé de Rosemary"
Departamento 7A (Apartment 7A, 2024) enfrenta el desafío de estar a la altura de una de las películas más influyentes del cine de terror psicológico y religioso. Como precuela o spin-off de El bebé de Rosemary (Rosemary's Baby, 1968), la película comete el error de centrarse más en replicar los elementos estéticos del film original que en construir una narrativa propia.
El gran acierto de la directora Natalie Erika James radica en el casting. Julia Garner asume el peso de la película con una intensidad dramática que refleja el calvario y sufrimiento de su personaje, emulando en cierta forma la vulnerabilidad que Mia Farrow mostró en la película original. Garner interpreta a Terry Gionoffrio, una bailarina cuyos sueños se ven truncados tras una lesión. En la versión original, este personaje fue encarnado por Victoria Vetri, quien representaba a una bailarina adicta marcada por un trauma del pasado. Departamento 7A expande y profundiza esa tragedia personal.
El resto del elenco también está a la altura. Dianne Wiest y Kevin McNally interpretan a los encantadores, pero inquietantes, vecinos, mientras que Jim Sturgess encarna a un productor de Broadway que promete fama a cambio del vientre de Terry. Todos logran capturar esa ambigüedad que esconde un lado oscuro y siniestro en sus personajes.
Departamento 7A apuesta por una detallada reconstrucción de época. El film recrea la Nueva York de los años sesenta con una estética vintage impecable, desde los edificios hasta el vestuario, ofreciendo una propuesta visual estilizada que contrasta con el realismo sombrío de la versión de 1968. En ese aspecto, la película no logra escapar de las inevitables comparaciones con el clásico de Polanski, saliendo claramente desfavorecida.
Entre sus aspectos positivos, la historia está bien contada y aprovecha el imaginario de las compañías de teatro musical de la época, evocando visualmente influencias de Suspiria (1977) de Dario Argento, y algo del espíritu de A Chorus Line (1985). Pero sin duda, el mayor mérito de la película recae en la sobresaliente actuación de Julia Garner, quien, con su interpretación, eleva una producción que cae en varios clichés del género. Su actuación es razón suficiente para ver la película, más allá de la nostalgia por un universo cinematográfico del que ya poco quedaba por explorar.