Estrena en cines el 29 de abril
Ernesto Fontán estrena “Una y mil veces”: “Quiero que el cine recupere el poder de la memoria”
Un largometraje documental sobre la historia de 52 exiliados uruguayos que decidieron sumarse voluntariamente al Frente Sandinista de Liberación Nacional para combatir la dictadura de Somoza en Nicaragua durante los años 70.
Ernesto Fontán —Ernesto por el Che Guevara— es realizador audiovisual, docente y egresado de Audiovisión por la Universidad Nacional de Lanús. Hijo de militantes políticos, creció con una fuerte presencia de la memoria. Tras su debut con Tarará (2021), donde abordó la historia de niños afectados por Chernóbil que fueron atendidos en Cuba, presenta ahora su segundo largometraje, Una y mil veces (2026).
Contado desde una mirada intimista, el documental reconstruye la experiencia de 52 exiliados uruguayos que decidieron combatir en Nicaragua, combinando testimonios y material documental. La propuesta pone el foco en lo cotidiano y en la necesidad de dejar registro de una historia poco difundida, en línea con una mirada autoral atravesada por lo latinoamericano.
¿Cómo llegó esta historia a vos?
Estábamos de gira por Europa con mi película anterior, Tarará, y en una proyección en Barcelona, en Cataluña, se me acercó una persona del público después de la función. Era José Pommerenck, uno de los protagonistas de esta historia, que junto con el resto de sus compañeros, buscaban bajar a tierra sus experiencias. Siempre me interesaron los relatos poco difundidos, sobre todo si tienen que ver con la historia latinoamericana o la política. Intercambiamos contactos y, a las pocas semanas, nos volvimos a reunir. Ahí empezamos a darle forma a la película.
¿Por qué elegiste contarlo como un documental?
Me interesaba reconstruir el hecho histórico de 1979, pero también trabajar en dos planos. Por un lado, mostrar lo ocurrido con documentos, archivos, fotografías y testimonios. Por el otro, profundizar en la dimensión humana. Quería entender a esa generación que decidió entregar su vida por otro pueblo y al mismo tiempo mostrar el impacto en las familias que se quedaron esperando sin saber si sus seres queridos iban a volver.
Hubo uno que no volvió…
Sí, Meme Altesor fue el único combatiente que murió, tres días antes del triunfo de la revolución. Ese hecho también ordena emocionalmente el relato. Quería entrevistar a sus familiares, a sus hijos y hermanas, porque ese costado es el que más me interesa: entender qué pasa dentro de esas familias. Escuchar esos testimonios es muy fuerte, y en ese sentido, la película también funcionó como una forma de sanación, tanto para las familias como para los combatientes.
¿Cómo fue el trabajo con ellos?
Aunque pasaron más de 40 años, muchos excombatientes ni siquiera habían contado en sus casas que participaron en la revolución. Entonces fue un proceso muy importante para ellos. Por ejemplo, Fernando Maceo, le contó a sus padres recién en 2007 que había combatido. La película abrió conversaciones dentro de las familias sobre “por qué fueron” y qué implicó esa decisión. Se generaron momentos muy potentes: hay testimonios donde los hijos expresan el orgullo que sintieron, incluso siendo chicos, al saber lo que hacían sus padres. Además, el documental muestra el propio proceso de realización: los reencuentros después de cuatro décadas, las filmaciones y los viajes. Eso le da frescura y lo vuelve más humano.
Desde lo artístico, ¿cómo sentís esta producción?
Me interpela mucho. En una charla en la Universidad de Alicante surgió una idea interesante: que la película funciona como un homenaje al documentalismo. Es un documental que también muestra cómo se hace un documental. Mientras se cuenta la historia, se ve el proceso de construcción.
¿Pensaste esa estructura desde el inicio o se fue armando en el proceso?
Empecé con un boceto, pero en el documental eso es solo una guía. Con las entrevistas y los hallazgos, todo cambia. La película se termina de escribir en el montaje. Aparecieron personajes muy ricos, como Néstor Luzardo; y decisiones muy fuertes, como el homenaje a Meme Altesor. Como íbamos a filmar en Nicaragua, hicimos una escena en el lugar donde murió: colocamos una lápida y dejamos un mensaje del hijo en un cassette, como despedida.
¿Cómo viviste el proceso de reconstrucción y el trabajo de investigación?
Cuando me sumé, algunos uruguayos ya venían investigando. Tenían fotos, contactos y una base armada. Querían dejar testimonio, ya fuera en una película o en un libro. Yo me integré y armé un equipo técnico argentino, en gran parte el mismo de “Tarará”. Empezamos a profesionalizar el proyecto y a buscar financiamiento. Presentamos la carpeta en el INCAA, pero hubo algunos traspiés porque, si bien nos aprobaron el subsidio, con la intervención del organismo y los recortes, muchos proyectos quedaron frenados, incluido el nuestro. Entonces recurrimos a un crowdfunding en Goteo para poder sacar todo adelante, y así salió.
¿Qué es para vos la memoria?
Creo que es fundamental que estas historias no se pierdan. No hay futuro sin memoria. Desde el cine intento rescatar relatos ocultos o poco difundidos porque me atraviesan mucho. Me crié en un entorno muy politizado y siempre me interesaron estas historias. Tanto esta película como la anterior y los proyectos que vienen tienen que ver con rescatar relatos olvidados. Quiero darles visibilidad y aportar a la memoria histórica.
¿En qué estás trabajando ahora?
Estoy empezando un nuevo proyecto, la idea es contar el bombardeo de Guernica en 1937, llevado adelante por el nazismo y el franquismo, donde murió mucha población civil. Ya grabé algunas cosas en el País Vasco. Quiero vincular ese hecho con el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955 en Argentina, cuando la aviación atacó a su propio pueblo y murieron alrededor de 400 civiles, muchos de ellos niños. Me interesa trabajar sobre el rol del arte para rescatar estas historias. Así como Picasso logró visibilizar Guernica con su obra, quiero explorar qué se puede hacer desde el cine en Argentina para recuperar esa memoria y evitar que hechos así se repitan.