2026-10-11

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Crítica de "Oasis: Don’t Look Back in Anger": la película de la gente

El regreso de Oasis tiene tantas historias como personas entre el público. Para quienes habían visto a la banda antes de su separación, supone reencontrarse con canciones que acompañaron parte de sus vidas; para las nuevas generaciones, que llegaron a la banda a través de pantallas y grabaciones, es la oportunidad de encarnar por primera vez un mito abstracto y volverlo experiencia física. Oasis: Don’t Look Back in Anger (2026), dirigido por Will Lovelace y Dylan Southern, con guion de Steven Knight, encuentra en ese cruce generacional el motivo para mirar hacia la multitud. Liam y Noel Gallagher ponen en marcha la gira, pero son los seguidores quienes le dan al regreso un sentido que excede la reunión de los músicos.

La película parte de la ruptura de 2009 y pasa a los ensayos de Oasis Live ’25. Entre ambos momentos queda un tiempo que el encuentro sobre el escenario no termina de explicar. Los hermanos vuelven a compartir una tarea: prueban canciones, intercambian comentarios y recuperan una manera de tocar juntos. En esas escenas conviven la familiaridad y cierta distancia, sin que resulte sencillo establecer cuánto hay de acercamiento, de costumbre o de disposición para que la gira funcione. El acceso a los ensayos permite observarlos, aunque la cercanía de la cámara no vuelva transparente su relación.

Cuando comienza el recorrido por los conciertos, esa incertidumbre pierde espacio frente a lo que ocurre entre los asistentes. Los rostros —donde convive la nostalgia adulta con el asombro joven— y los testimonios muestran cómo una misma canción puede guardar experiencias que sus autores desconocen. Allí aparece un vínculo con Muchachos, la película de la gente (2023): tanto el fútbol como la música ofrecen un lugar donde las historias personales se mezclan con una celebración que necesita de otros. La comparación se sostiene en esa forma de filmar la pertenencia, en el momento en que alguien canta y reconoce alrededor suyo una emoción que hasta entonces sentía propia.

El montaje alterna esas experiencias con el archivo y las actuaciones, y mantiene el relato en movimiento. Sin embargo, a medida que los testimonios se acumulan, la película vuelve sobre una idea que ya había logrado transmitir. La emoción del público acaba confirmando una y otra vez la importancia de la banda, mientras quedan menos desarrolladas las preguntas sobre la persistencia de su música y el lugar del britpop fuera del recuerdo de los noventa. El documental se acerca a los seguidores con atención, pero rara vez se aparta de su adhesión para mirar el fenómeno desde otro ángulo.

La imagen de los Gallagher tomados de la mano parece ofrecer una respuesta que el resto de la película había dejado abierta. Puede leerse como un gesto de afecto, como reconocimiento después del concierto o como parte de una escena que ambos saben cargada de expectativas. La insistencia del cierre en el perdón estrecha esa ambigüedad. Al final, el verdadero acierto del documental radica en entender que la grandeza del regreso no está en la reconciliación de los hermanos, sino en la masa que canta para sanar su propia historia.

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