2026-10-11

Teatro Buenos Aires

Crítica de "El beso de la mujer araña": el fenómeno del teatro off que no pasa de moda

Seis años en cartel y más de 580 funciones convierten a El beso de la mujer araña, dirigida por Valeria Ambrosio, en uno de los grandes fenómenos del circuito off. Su permanencia habla del impacto intacto de una premisa poderosa: dos prisioneros obligados a compartir celda descubren en el otro algo que la vida les había negado. Encarnada por Oscar Giménez y Pablo Pieretti, la célebre obra de Manuel Puig explora el afecto, la política y la empatía en una convivencia hecha de discusiones, relatos de películas y cuidados mutuos.

La acción transcurre en 1975. Valentín (Pieretti) está preso por su militancia en una organización revolucionaria, mientras que Molina (Giménez) cumple condena por su identidad y sexualidad. Uno intenta sostener su rigor ideológico; el otro evade la crueldad del encierro contando películas clásicas y evocando a sus heroínas. Al principio, el desencuentro es total: Valentín desconfía del melodrama por considerarlo una evasión burguesa, y Molina no encuentra lugar para sus sentimientos en el análisis político de su compañero.

Puig hace avanzar la trama desde esa imposibilidad inicial de escucharse. Los relatos cinematográficos le permiten a Molina proyectar sus propios deseos y temores. Valentín cuestiona esas historias por reproducir mandatos tradicionales, aunque tarda en advertir sus propios prejuicios: puede imaginar una revolución social y, al mismo tiempo, rechazar aquello que no encaja en su noción de masculinidad.

La puesta de Ambrosio concentra la fuerza en el espacio físico. Dos camas, un inodoro y unas pocas pertenencias componen la celda. No hay adónde retirarse tras una discusión ni cómo proteger la intimidad. En ese marco, Oscar Giménez compone a un Molina conmovedor, suspendido entre la necesidad de afecto y el miedo al rechazo, mientras que Pablo Pieretti muestra con solvencia el resquebrajamiento de Valentín ante la enfermedad y la vulnerabilidad. Compartir la comida, velar el sueño o escuchar una historia hasta el final se vuelven gestos de una muda redistribución del poder.

A diferencia de las adaptaciones cinematográficas que transforman las fantasías en deslumbrantes números visuales —desde el clásico de Héctor Babenco en 1985 hasta la reciente versión de Bill Condon con Diego Luna y Jennifer Lopez—, la puesta de Valeria Ambrosio confía plenamente en la fuerza del hecho teatral. Aquí, el cine no se ve: cobra vida en la voz de Giménez y en el rostro de Pieretti. En esa escucha atenta, el militante aprende a dejarse cuidar por quien había juzgado, mientras que Molina termina comprometiéndose con la vida del otro. Es en esa tensión donde la obra encuentra la potencia que, tras seis temporadas, mantiene intacta su devastadora vigencia.

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