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Crítica de "Invisible": la soledad detrás del debate sobre el aborto
Cuando una película aborda un tema que genera controversias, la discusión suele concentrarse en su posición ideológica y dejar sus decisiones cinematográficas en segundo plano. Invisible (2017) no escapó a esa dinámica. El aborto atraviesa su argumento, aunque Pablo Giorgelli evita construir una película a favor o en contra de la práctica. Su mirada se dirige hacia otro lugar: la soledad de una adolescente ante un embarazo no deseado.
La película fue realizada y estrenada antes de la sanción de la Ley 27.610, aprobada por el Congreso argentino el 30 de diciembre de 2020 y publicada en enero de 2021. La norma reconoce el derecho a acceder a la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana catorce inclusive y establece que la atención debe garantizar condiciones de confidencialidad, información, autonomía y trato digno. Este cambio legal modifica el contexto desde el cual puede analizarse actualmente la historia.
Luego de su debut con Las Acacias (2011), Giorgelli regresó al cine con un relato situado en una Argentina donde el aborto todavía permanecía fuera del marco legal, salvo en las situaciones contempladas por el Código Penal. La clandestinidad no aparece únicamente como un dato narrativo: determina el silencio de la protagonista, limita sus posibilidades y convierte la búsqueda de información en otro tramo de su aislamiento.
Ely, interpretada por Mora Arenillas, cursa el último año de la escuela secundaria y vive con una madre atravesada por la depresión. La adolescente debe sostenerla económica y emocionalmente mientras trabaja en una veterinaria y trata de continuar con sus estudios.
Allí mantiene encuentros ocasionales con el hijo del dueño, interpretado por Diego Cremonesi. Entre ambos no existe un vínculo afectivo, sino una relación física marcada por la distancia y por una desigualdad que la película registra sin necesidad de explicarla. Cuando Ely descubre que está embarazada y decide abortar, debe atravesar el proceso sin encontrar un espacio donde compartir lo que le sucede.
Invisible es, antes que una película sobre el aborto, una historia sobre las ausencias. Ely está rodeada de personas e instituciones que forman parte de su vida, pero que no consiguen verla. Su madre depende de ella, su amante permanece distante, la escuela desconoce su situación y el sistema de salud responde desde las restricciones de ese momento. Todos están presentes y ausentes al mismo tiempo. Son personajes que, como la protagonista, resultan invisibles para los demás.
Giorgelli sigue de cerca sus movimientos, silencios y tiempos de espera. La cámara acompaña a Ely sin convertirla en víctima ni utilizar su situación para imponer una respuesta emocional. Tampoco juzga sus decisiones o las conductas de quienes la rodean. No hay héroes ni villanos, sino personas condicionadas por una estructura social que deja a una adolescente a cargo de problemas que exceden su edad y sus recursos.
Mora Arenillas sostiene la película mediante una interpretación contenida. Su composición evita explicar con palabras aquello que el personaje no puede decir y encuentra en los gestos, las miradas y los desplazamientos una forma de transmitir la tensión entre resistencia y vulnerabilidad. La fortaleza de Ely no surge de una elección, sino de la ausencia de alguien en quien apoyarse.
Vista desde el presente, con la Ley 27.610 vigente, Invisible también funciona como registro de una etapa anterior. La decisión de Ely, que en 2017 debía transitarse bajo el peso de la clandestinidad, hoy se encuentra reconocida legalmente como un derecho dentro de los plazos establecidos. Esa transformación no vuelve anacrónica a la película, sino que permite observar cuánto condicionaba la prohibición cada movimiento de su protagonista.
El cambio normativo tampoco elimina el núcleo del relato. La ley puede garantizar un derecho, pero la película plantea una pregunta que excede el marco jurídico: qué sucede cuando una adolescente debe tomar una decisión sin acompañamiento familiar, afectivo o institucional. La soledad de Ely no depende solamente de la falta de una legislación, aunque esa ausencia legal la profundiza.
Giorgelli evita manipular un tema que, al momento del estreno, ya ocupaba el centro del debate social y político argentino. No ofrece un mensaje cerrado ni convierte a su protagonista en vehículo de una consigna. Expone su conflicto con una cercanía que por momentos remite al registro documental y deja que sea el espectador quien complete el sentido.
La discusión sobre el aborto puede seguir condicionando la recepción de Invisible, pero allí no se encuentra su único interés. A casi una década de su estreno y después de la sanción de la Ley 27.610, la película permite revisar un pasado reciente y reconocer la distancia entre la clandestinidad representada en la pantalla y el derecho establecido posteriormente. Al mismo tiempo, recuerda que la visibilidad legal no garantiza, por sí sola, que quienes atraviesan estas situaciones dejen de estar solas.