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Crítica de "Islandia": el lugar donde la música se vuelve paisaje
Antes de ser un destino, Islandia fue para el realizador una experiencia musical. Durante la enfermedad de su padre encontró refugio en las canciones de Sigur Rós y luego en otros artistas del país. Lo atrajeron las pausas, las duraciones y una sensibilidad ligada al espacio. Tras la muerte de su padre, el final de una relación y el desencanto con su trabajo, viaja a Reykjavík para acercarse al origen de esa música. La película parte de esa búsqueda concreta y evita presentar el recorrido como una aventura espiritual abstracta.
La puesta conserva las marcas de una experiencia sin equipo de rodaje. La cámara en mano acompaña conversaciones, ensayos, comidas, caminatas y traslados; a veces encuentra un encuadre y otras acepta el movimiento o la inestabilidad del momento. Los planos tomados desde vehículos, las rutas, los túneles y las figuras humanas rodeadas por extensiones de tierra y agua construyen una sensación de tránsito. El paisaje deja de funcionar como postal porque el montaje lo vincula con acciones, voces y sonidos cotidianos.
La música es el hilo que reúne esos materiales. Los encuentros con artistas, estudiantes y adolescentes permiten observar cómo el clima, las distancias, el viento y el silencio ingresan en los procesos de creación. El sonido directo registra agua, animales, motores y objetos como parte de una composición que excede las canciones. La película escucha Islandia antes de explicarla y encuentra allí su forma: un diario donde cada persona modifica el rumbo previsto.
En los últimos meses aparece Katja y el viaje incorpora una relación amorosa que tampoco estaba en el plan inicial. Su presencia desplaza el relato de la observación solitaria hacia una experiencia compartida. El director no encuentra una respuesta sobre su padre ni propone el viaje como cura: regresa con una película, un vínculo y otra disposición frente a la ausencia. En esa transformación reside la fuerza de Islandia, una obra que invita a escuchar cómo la música, los paisajes y los encuentros pueden devolverle sentido a aquello que parecía perdido.