Mostra de Venecia 2026 - Semana de la Crítica
Crítica de "London": el derecho a vivir sin una respuesta definitiva
London no sabe con precisión qué le sucede a su cuerpo ni cómo evolucionará su condición. Un examen médico podría darle esas respuestas, pero él teme que conocerlas modifique la vida que ha construido. London (2026), dirigida por Victor Di Marco y Márcio Picoli, se concentra en ese momento previo a saber, cuando la incertidumbre todavía permite pensar el futuro y una certeza puede comenzar a limitarlo.
El protagonista, interpretado por Di Marco, trabaja como dominante en una casa de fetiches. Allí realiza presentaciones eróticas y se mueve dentro de un entorno cuyas reglas conoce. La posibilidad del examen interrumpe esa cotidianeidad: por primera vez, debe decidir si quiere descubrir el origen de su condición y aceptar las consecuencias emocionales de esa información.
La elección del trabajo de London no funciona como provocación decorativa. En la casa de fetiches, su cuerpo genera deseo y le permite sostenerse económicamente. No es observado para determinar qué puede hacer, sino buscado por aquello que produce en los demás. Ese cambio de perspectiva importa porque la película no intenta volverlo deseable ante los ojos del público: parte de que ya lo es. Lo que cuestiona es una mirada social que todavía encuentra incompatible la discapacidad con el placer.
Di Marco interpreta al personaje desde una cercanía que se percibe en sus momentos de inseguridad. London puede administrar una fantasía erótica, mostrarse ante desconocidos y defender su autonomía, pero vacila frente a la posibilidad de conocer su futuro. Esa contradicción lo vuelve reconocible. Su miedo no nace de su cuerpo, sino de lo que una respuesta podría hacer con él: alterar sus planes, ingresar en sus vínculos y convertir cada decisión posterior en una reacción al pronóstico.
La película comprende que no toda verdad libera. Saber puede ayudar a London a cuidarse, pero también obligarlo a vivir pendiente de algo que todavía no ocurrió. Por eso su dilema no admite una respuesta tranquilizadora. Someterse al examen o rechazarlo son dos maneras de hacerse cargo de su existencia. London no reclama que el protagonista venza el miedo ni que convierta su discapacidad en una lección: le reconoce algo más incómodo y más humano, el derecho a decidir cuánto quiere saber sobre sí mismo y a vivir con el costo de esa decisión.