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Crítica de “Fito Páez: El mundo cabe en una canción”: Una mirada íntima al hombre detrás del rockstar
“Las biopics son muy caretas”, dice Páez al comienzo de Fito Páez: El mundo cabe en una canción (2026), cuestionando la mirada condescendiente con la que muchas veces este tipo de relatos retrata a los artistas. Y, en buena medida, la película va por otro camino: junto al músico aparece también la persona, con sus contradicciones, obsesiones, vulnerabilidades y zonas menos luminosas.
La historia comienza después del accidente en el que se fracturó varias costillas. Desde la clínica, Páez mira hacia atrás y repasa distintos momentos de su carrera, aunque el documental está más interesado en entender qué hay detrás de ella. Por eso, el relato se detiene especialmente en los episodios más oscuros y en aquellas experiencias que fueron modificando su manera de ver la vida.
Dirigida por Matías Gueilburt —amigo personal de Fito y realizador de El vendedor de ilusiones: El caso Generación Zoe, Los ladrones: el robo del siglo y Vilas: Serás lo que debas ser o no serás nada—, la película gira alrededor de Páez, pero no tanto del músico que conocemos sino del hombre que se pregunta constantemente quién es, qué hizo con su vida y cómo se relaciona con los demás. De ahí surge una mirada melancólica y, por momentos, bastante pesimista sobre el mundo que contrasta con lo que ocurre arriba del escenario, donde suelen aparecer la esperanza, el amor y la celebración.
Páez habla de sus afectos, de su narcisismo, de la obsesión y el perfeccionismo con los que encara la música y el trabajo. Hay algo casi terapéutico en esa necesidad de analizar permanentemente su vida. El artista parece observarse desde afuera, revisar sus decisiones y tratar de entender cómo cada experiencia terminó construyendo al hombre que es hoy.
En ese recorrido, el documental consigue abrir una zona poco explorada de Fito: es el Fito de la madurez, lejos de la imagen del músico explosivo y provocador de otras épocas. Esta vez elige mostrarse vulnerable y abrirse frente a la cámara. Hay algo de egocentrismo en ese gesto pero también una honestidad admirable en el artista, que alguna vez vino a ofrecer su corazón, y esta vez parece dispuesto a ofrecernos sus miedos, contradicciones y reflexiones existenciales.