2026-07-09

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Crítica de "Noches de encanto": Un algodón para los oídos, por favor

El film del felizmente ignoto Steven Antin narra las peripecias de Ali (interpretada, ¡ay!, por Christina Aguilera), una joven de Iowa que sueña, para variar, con convertirse en una cantante de éxito en las siempre generosas tierras de Los Ángeles. Así llega al Burlesque Lounge, un teatro cuyo escenario recibe cada noche a un grupo de bailarinas siempre dispuestas a protagonizar el espectáculo revisteril que regentea la imponente Tess (Cher). Ali consigue trabajo como moza, aunque aspira a mucho más: sabe bailar y cantar.

Resultaría improcedente que un sitio especializado en cine y audiovisual se detuviera en un análisis pormenorizado de las dotes artísticas que la industria le atribuye a Christina Aguilera. Mucho menos en un ensayo sobre la musicalidad —o la ausencia de ella— de una voz, terreno que corresponde a otros especialistas. Sí es válido, en cambio, un acercamiento desde la honestidad del desconocimiento.

Hecha la aclaración, Aguilera parece algo confundida. Da la impresión de que, en su diccionario, cantar y gritar son sinónimos. Siempre a máximo volumen, confunde la emoción de un registro contenido y la precisión necesaria para alcanzar un efecto expresivo con un despliegue de potencia que termina convirtiéndose en un griterío dirigido a un ídolo invisible. No transcurren dos escenas antes de que su voz empiece a sonar junto al quejido de una vieja fonola, lo que invita a pensar que Noches de encanto será un largo artefacto concebido únicamente para el lucimiento de su protagonista.

Por fortuna, no ocurre exactamente así. Entre la llegada de Ali al Burlesque y el esperado ascenso desde la bandeja hasta el escenario transcurren más de cuarenta minutos sin que Aguilera monopolice el espectáculo. Podría haber sido peor: escenas frente al espejo, fantasías iluminadas por un reflector o cualquier otra excusa para multiplicar los números musicales. Antin evita, al menos durante un buen tramo, ese camino. Es, quizá, el único acierto de todo el metraje.

Con los oídos ya saturados y suplicando un poco de clemencia, llega el momento de enfrentarse a la faceta estrictamente cinematográfica, una experiencia tanto o más insalubre que la musical.

Hay una escena que resume con precisión la desprolijidad y el desinterés con que está construida Noches de encanto. El personaje de Cher, una suerte de madama del music hall, le explica a la inexperta Ali las virtudes del burlesque mientras toma un pincel cargado de brillo labial. Un trazo fino, apenas un destello sobre los labios; elipsis... y, de inmediato, aparecen completamente pintados de rojo. Un detalle mínimo, sí, pero también una muestra de la escasa atención que la película presta a su propia puesta en escena.

Noches de encanto acumula lugares comunes y clichés transitados sin la convicción ni la inteligencia necesarias para encontrarles un sentido nuevo. El resultado es una película olvidable para la vista y, por motivos muy distintos, difícil de olvidar para los oídos.

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