2026-06-04

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Crítica de "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford": cuando el western desmontó sus propias leyendas

Desde el estreno de Los Imperdonables (Unforgiven, Clint Eastwood, 1992), el western y sus personajes dejaron de ser lo que alguna vez fueron. El héroe mítico que había consolidado John Wayne durante décadas respondía a un código moral preciso: no disparar por la espalda, no golpear a un hombre caído ni actuar por fuera de una ética reconocible. Eastwood, influido en gran medida por su trabajo con Sergio Leone, comenzó a desmontar esa construcción legendaria para convertir al pistolero en una figura atravesada por contradicciones, violencia y culpa.

Este proceso de revisión continuaría durante los años noventa. Así como Kevin Costner, bajo la dirección de Lawrence Kasdan, replanteó la figura histórica de Wyatt Earp en Wyatt Earp (1994), El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, Andrew Dominik, 2007) se propone cuestionar otra de las grandes leyendas del Oeste. Sin embargo, la película no se concentra realmente en Jesse James, sino en Robert Ford. La figura del célebre forajido funciona como un espejo a través del cual se observa la obsesión de un joven admirador que termina convirtiéndose en su verdugo.

Jesse James (Brad Pitt) aparece como un mito viviente, mientras que Robert Ford (Casey Affleck), de apenas diecinueve años dentro del relato, encarna la fascinación del fanático dispuesto a todo por acercarse a su ídolo. La película construye así un estudio psicológico sobre los mecanismos de la admiración, la necesidad de reconocimiento y la frustración que surge cuando la leyenda se revela más humana de lo esperado. Lo que comienza como devoción termina transformándose en resentimiento, y el asesinato emerge como la consecuencia de una relación marcada por la dependencia emocional y la búsqueda de identidad.

En su construcción formal pueden encontrarse ecos de Más corazón que odio (The Searchers, John Ford, 1956) y, especialmente, de la obra de Sergio Leone. Andrew Dominik utiliza silencios, sonidos ambientales, tiempos dilatados y una puesta en escena basada en las miradas para construir una tensión constante. Incluso la secuencia central del asesinato evita la espectacularidad y privilegia la espera, la incomodidad y la percepción del peligro latente. Cada encuentro entre Jesse y Robert se convierte en un duelo psicológico donde la admiración convive con el temor y la sospecha.

El propio título de la película anticipa el relato que la historia oficial construyó alrededor de ambos personajes. Sin embargo, el film se dedica precisamente a desmontar esa lectura. El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford no busca glorificar a Jesse ni justificar a Ford, sino examinar cómo nacen los mitos y cómo sobreviven a quienes los protagonizan. En ese sentido, la película prolonga el camino iniciado por Los Imperdonables (Unforgiven, 1992): la deconstrucción definitiva del héroe del western y de las leyendas que dieron forma a la historia del Oeste estadounidense.

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