2026-06-04

CineArte Cacodelphia

Crítica de "Los bobos": la provocación como método en la nueva película de Basovih Marinaro y Sofía Jallinsky

La dupla formada por Basovih Marinaro y Sofía Jallinsky ha construido en pocos años una filmografía difícil de ubicar dentro del panorama del cine argentino contemporáneo. Desde sus primeras obras, ambos realizadores desarrollaron un universo atravesado por el absurdo, la crueldad, el humor negro y personajes que se mueven en los márgenes de cualquier lógica convencional. Con Los bobos (2025), su tercer largometraje, continúan explorando esos territorios y llevan algunas de sus obsesiones narrativas a un punto de mayor radicalidad.

La historia sigue a dos jóvenes que ofrecen un servicio clandestino tan rentable como perturbador. A través de un rudimentario procedimiento de electroshock convierten a sus víctimas en personas dependientes, privadas de gran parte de sus capacidades cognitivas. Los clientes son empresarios o familiares dispuestos a pagar sumas importantes para eliminar cualquier obstáculo humano que interfiera en sus intereses. La madre de uno de los protagonistas, una mujer que administra el negocio desde una silla de ruedas con una lógica empresarial implacable, termina de completar un sistema donde la degradación humana se convierte en mercancía.

Uno de los principales aciertos de la película reside en la convivencia entre lo siniestro y lo cómico. El humor nunca funciona como alivio sino como mecanismo de incomodidad. Cada situación parece diseñada para generar una mezcla de risa nerviosa y desconcierto. Marinaro y Jallinsky construyen un universo donde la violencia forma parte de la rutina y donde los comportamientos más extremos son asumidos con absoluta naturalidad. Esa decisión evita cualquier subrayado moral y permite que el malestar surja de las propias imágenes y acciones.

En términos formales, Los bobos reafirma la identidad visual de sus directores. Los encuadres cerrados, la composición de los espacios, la utilización del color y las elipsis narrativas contribuyen a una atmósfera opresiva que se mantiene durante todo el relato. A esto se suma un trabajo actoral que resulta fundamental para sostener la propuesta. Liliana Weimer construye una presencia inquietante que crece escena tras escena hasta convertirse en una de las figuras centrales del film. Sebastián Romero Monachesi y Cecilia Marani, colaboradores habituales de los realizadores, aportan cuerpos y gestualidades que encajan con precisión dentro de este ecosistema atravesado por la deformación y el exceso.

Sin embargo, allí donde Estertor (2022) lograba abrir interrogantes sobre la memoria, la justicia y la venganza, Los bobos parece renunciar a buena parte de esas zonas grises. La violencia ya no funciona como una herramienta para pensar dilemas morales sino como un dispositivo que se reproduce sobre personajes reducidos a figuras caricaturescas. Cuando todos los personajes participan de la misma lógica de degradación, la provocación pierde parte de su capacidad de interpelación y corre el riesgo de agotarse en sí misma.

Aun así, Los bobos confirma a Marinaro y Jallinsky como dos autores interesados en incomodar al espectador y desafiar los límites de representación. La película no busca consensos ni concesiones. Su propuesta puede generar fascinación o rechazo, pero difícilmente deje lugar a la indiferencia. Entre el grotesco, la sátira y el horror cotidiano, el film construye una experiencia singular que reafirma una búsqueda autoral cada vez más definida, aunque menos compleja que la de su trabajo anterior.

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