2026-05-22

Festival de Cannes 2026

Crítica de “La bola negra”: memoria queer, folclore y la sombra de García Lorca

“Quiero que llegue a todo el mundo”, dice la hispanista que interpreta Glenn Close citando a Federico García Lorca sobre las intenciones de su novela La bola negra, novela inacabada, o de la que solo se conservan cuatro páginas, la primera de su autor en la que el protagonista es abiertamente homosexual, y que por esa razón ve rechazado su ingreso en el Casino de Granada. Esa parece ser también la intención de Javier Calvo y Javier Ambrosi, conocidos en España como Los Javis (autores de la serie La Mesías), con su película La bola negra, una ambiciosa y desprejuiciada producción que tiene como eje la figura de García Lorca y las peripecias imaginadas de esa novela.

En realidad, Los Javis intercalan tres historias, la primera de las cuales arranca en 1932 y tiene como base la propia novela. La segunda se desarrolla en 1937, en el norte de España, donde un oficial republicano, Rafael Rodríguez Rapún, es rescatado de entre los muertos e internado en un hospital prisión. Rapún es un personaje histórico, conocido por ser uno de los últimos amores de García Lorca. En la película lo atenderá en todo momento un músico reclutado a la fuerza por las tropas franquistas, Sebastián, con el que vivirá una historia de amor-amistad. Por último, en 2017, un dramaturgo, Alberto Conejero (otro personaje real), recibe en herencia el manuscrito de La bola negra, en una pirueta que lo convierte en nieto de Rapún.

Esta conjunción de tiempos y relatos es lo mejor de La bola negra, hasta el punto de que esta es una de esas raras películas en las que el todo es muy superior a sus partes, desde el momento que logra articular un discurso en torno a la reivindicación queer de la memoria histórica, con ese hilo que conecta a Lorca con Rapún, a Carlos, el protagonista de la novela incompleta, con Sebastián, y finalmente al propio Rapún con Alberto. Todo esto se construye a través de un imaginario gay que se nutre de imágenes como las de los soldados desnudos en la playa o las dos interpretaciones musicales de Penélope Cruz, que, a su vez, constituyen una defensa del transformismo como un antecedente del drag o lo trans.

Decía que esta es una película tan ambiciosa como desprejuiciada, algo que se puede comprobar con las primeras secuencias de la película, con ese bombardeo de la aviación italiana a un pueblo que, cual ¡Bienvenido, Míster Marshall!, estaba preparado para recibirla con una banda musical y a la que sigue la huida de Sebastián y la aparición de una estatua de un Sebastián atravesado por la flechas (¿Derek Jarman?). Los Javis juegan con esta iconografía simbólica muy poco sutil, pero que quiere ser efectiva ante todo, “llegar a todo el mundo”.

De las tres historias, la que se agota antes es la de 1932 (además de que se le proporciona un final tan poético como cargante en lo alto de la Sierra Nevada granadina). Toda la película pivota en realidad sobre la de 1937, al fin y al cabo Rapún es su personaje central, pero el verdadero interés radica en la contemporánea (2017), la menos pomposa y alegórica, una historia de recuperación de un personaje histórico que debe mucho a la novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina, y que se beneficia de una relación entre Alberto y su madre que escapa por completo a las convenciones del cine de época y le proporciona a toda la película un soplo de aire fresco. Lo cierto es que esta película, de enorme potencial popular, entronca con otras corrientes artísticas españolas, preferentemente musicales, que se proponen una reactualización de la tradición folclórica, caso de Rodrigo Cuevas o de las producciones de Raül Refree (el primer disco de Rosalía, por ejemplo), que no por casualidad es el compositor de la banda sonora de La bola negra.

Te puede interesar