2026-05-20

Salas

Crítica de “Nada entre los dos”: Gael García Bernal y Natalia Oreiro en un drama romántico de Juan Taratuto

El director de No sos vos, soy yo (2004) y Un novio para mi mujer (2008) presenta Nada entre los dos (2026), una película que se aleja de la comedia romántica tradicional para adentrarse en un drama contemporáneo más cercano al cine europeo de antaño y al desencanto burgués.

El punto de partida es un encuentro amoroso que surge en el microcosmos de un All Inclusive, un resort donde Guillermo (Gael García Bernal) y Mechi (Natalia Oreiro) coinciden como representantes de una multinacional alimenticia envuelta en una crisis: la salida al mercado de un lote contaminado que amenaza con convertirse en un escándalo mediático.

Pero detrás de esa emergencia ambiental también aparecen las fracturas íntimas de los protagonistas. Él vive atrapado en una existencia acomodada y elitista, diseñada por el poder económico de su suegro. Ella, en cambio, sostiene un nivel de estrés permanente para mantener económicamente a su hija adolescente y a su marido (Peto Menahen). El vínculo que nace entre ambos funciona entonces como un paréntesis emocional dentro de vidas marcadas por la rutina, el agotamiento y la presión laboral.

En los años sesenta surgió un tipo de cine ligado al drama burgués: historias de amores atravesadas por el hastío y el desconcierto frente a las contradicciones del mundo moderno. La Guerra Fría, la incomunicación y un progreso incapaz de responder a las necesidades humanas aparecían como telón de fondo de relatos donde los vínculos sentimentales detonaban crisis existenciales. Eran películas sobre personajes cuyas necesidades materiales estaban resueltas, pero que igualmente se sentían desbordados por el vacío de la época.

Nada entre los dos puede pensarse en esos términos. La película recupera ecos del cine de Michelangelo Antonioni, especialmente de La notte (1961), para construir una historia atravesada por la alienación contemporánea. Aquí ya no existe el fantasma de la Guerra Fría, pero sí una hiperconectividad tecnológica que deriva en incomunicación familiar, una crisis corporativa que desemboca en un desastre ambiental y una maquinaria empresarial obsesionada con manipular la opinión pública para preservar su imagen. En medio de todo eso quedan los protagonistas: piezas menores de un sistema que los excede y los mantiene suspendidos en un estado de desconcierto permanente.

La película nunca cuestiona de manera explícita ese funcionamiento corporativo, sino que lo asume como una realidad naturalizada. Los personajes no piensan el conflicto (el envenenamiento de parte de la población) en términos de bien común, sino en cómo sobrevivir —y salvarse— dentro de la estructura empresarial. Incluso el hecho de que puedan entregarse a un romance en medio del caos revela tanto su egoísmo como su fragilidad emocional frente al contexto que los rodea.

Y es justamente allí donde la película encuentra su dimensión más interesante. Sin necesidad de subrayados discursivos, el relato deja flotando preguntas incómodas: ¿es posible pensar en el otro cuando uno mismo está completamente desbordado? ¿puede alguien actuar éticamente cuando la supervivencia laboral pesa más que cualquier responsabilidad social? Lo cierto es que el vínculo amoroso abre en ambos personajes una grieta inesperada, un desvío emocional capaz de alterar para siempre el recorrido preestablecido de sus vidas.

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