2026-04-28

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Crítica de "Medianeras": El amor (segunda parte)

Medianeras (2011)  tuvo su origen en el cortometraje homónimo de 2004, que acumuló más de cuarenta premios internacionales y se instaló como una referencia dentro del formato en Argentina. La historia y sus personajes se trasladan al largometraje sin alteraciones sustanciales. Martín (Javier Drolas), un joven atravesado por fobias, hipocondría y una rutina absorbente, establece su vínculo con el mundo a través de internet. Mariana (antes interpretada por Moro Anghileri y aquí por Pilar López de Ayala), vidrierista, atraviesa el cierre de una relación prolongada. Ambos orbitan en torno a una misma condición: la soledad. Sin saberlo, sus trayectorias parecen destinadas a cruzarse. La pregunta que articula el relato es directa: si pueden encontrarse en una ciudad que los mantiene próximos y, al mismo tiempo, separados por una medianera.

Gustavo Taretto construye una historia de amor que, en rigor, indaga en la imposibilidad del encuentro. El vínculo aparece como una búsqueda constante, casi azarosa, que remite a una figura reconocible: encontrar a alguien en medio de una multitud que no se detiene. La película adopta estructuras del cine clásico, pero las tensiona con problemáticas contemporáneas. La incomunicación, los temores vinculados al nuevo siglo y el impacto de la tecnología atraviesan el relato. La expansión de los canales de contacto no garantiza el vínculo, sino que, en muchos casos, lo reemplaza. El intercambio mediado por pantallas desplaza el contacto directo, y ese desplazamiento se instala como uno de los núcleos del film, incluso por encima de la propia historia de amor.

La ciudad de Buenos Aires no funciona como un simple escenario. Se integra al relato como un dispositivo que condiciona a los personajes. La referencia a una ciudad que “le da la espalda al río” sintetiza una lógica de construcción que también se traslada a los vínculos. Las medianeras, los edificios levantados sin planificación visible y la ausencia de una armonía urbana configuran un espacio que refuerza el aislamiento. La arquitectura no solo enmarca la historia, sino que dialoga con ella: expresa una forma de habitar y, al mismo tiempo, la produce.

El film habilita múltiples líneas de lectura. Las actuaciones sostienen los matices de los personajes, la dirección de arte organiza el espacio como extensión de sus estados y la fotografía trabaja con contrastes que refuerzan la idea de encierro. La música acompaña sin subrayar, mientras que las referencias al cine de Woody Allen aparecen como una clave de lectura posible, en particular en la construcción de personajes urbanos atravesados por la neurosis y la dificultad para vincularse.

Podría ampliarse el análisis hacia cada uno de estos elementos o establecer comparaciones con el cortometraje original. Sin embargo, la experiencia que propone Medianeras se sostiene, en última instancia, en su recorrido. La película no se agota en su interpretación: se completa en el acto de verla.

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