Salas
Crítica de “Torrente presidente”: Santiago Segura y la sátira política perfecta
Cuando parecía que las aventuras del policía más desagradable, reaccionario y misógino del cine español habían llegado a su fin, Torrente presidente (2026) irrumpe para demostrar que la desfachatez, en determinados contextos políticos, puede convertirse fácilmente en carisma de liderazgo.
La película comienza con Torrente rodeado de sus escasos y limitados seguidores, quienes celebran sus comentarios provocadores y políticamente incorrectos. Sin embargo, pronto llama la atención de un grupo de dirigentes del partido Dox —una referencia apenas disimulada a Vox, el movimiento de ultraderecha español— que ven en su actitud desafiante una cualidad inesperada: el carisma ideal para un líder popular. A partir de allí, Torrente empieza a ganar notoriedad pública. Sus comentarios filosos y brutales, lejos de alejarlo del resto, lo convierten en una figura cada vez más visible hasta transformarlo en un contrincante temible para todo el arco político.
Santiago Segura logra aquí una de las sátiras políticas más certeras de los últimos tiempos, en un contexto mundial marcado por la locura, el odio y el resentimiento convertidos en herramientas de seducción de masas. Un fenómeno complejo que Torrente presidente consigue sintetizar mediante una premisa sencilla, directa y, sobre todo, extremadamente divertida.
La película dispara contra todos los sectores del espectro político. Aunque el blanco principal es la ultraderecha global y sus líderes “despeinados”, como se los menciona con ironía, el relato introduce un giro interesante hacia la mitad, y la historia se desplaza del aparato político hacia el ciudadano común. Ese votante promedio que, atravesado por el resentimiento, la frustración o la precariedad, encuentra en figuras extravagantes como Torrente un extraño espejo de sí mismo.
Torrente deja de ser únicamente la caricatura grotesca de la ultraderecha para convertirse también en una víctima de ese mismo engranaje político que pretende encarnar. La película lo sitúa dentro de una maquinaria de poder mucho más cínica y despiadada que el propio personaje, como si su brutalidad y su ignorancia quedaran empequeñecidas frente a la magnitud de las miserias del sistema.
Los chistes se encadenan con fluidez en un relato que avanza con buen ritmo narrativo y evita los tropiezos o el desgaste que habían afectado a algunas de las secuelas anteriores. En este caso, el contexto político contemporáneo parece haber revitalizado al personaje: Torrente ya no ocupa un lugar marginal, sino que es escuchado, celebrado y —lo que resulta más inquietante— seguido por una buena parte de los ciudadanos.
Torrente presidente es una de las mejores entregas de toda la saga, precisamente porque logra captar con lucidez el espíritu de la época. La película se apoya en algunos giros de guion efectivos —entre ellos, cameos de personalidades extranjeras— y en una batería de chistes bien ejecutados que apuntan con precisión a los vicios y contradicciones de la política contemporánea.