Centro Cultural Recoleta - Jueves a las 18 horas
Crítica de "Dinamogramas, el arte de la memoria": un taller, una obra y crear para luchar contra el desgaste
"El cuerpo enfrentado a la materia, la idea transformándose en gesto, el pensamiento materializado en tiempo real". Dinamogramas, el arte de la memoria (2025), el documental de Andrea Schellemberg, parte de esa premisa para acercarse a César Fioravanti, escultor y pintor de 87 años, durante el período de aislamiento pandémico en el que prepara una muestra junto a otros artistas de su generación. En lugar de limitarse a registrar una rutina de taller o construir una biografía tradicional, la película captura un estado: un cuerpo envejecido que persiste en la creación como si el acto artístico pudiera funcionar todavía como forma de resistencia frente al desgaste y la finitud.
Schellemberg encuentra en el artista un personaje lúcido, vital, dueño de una presencia que combina fragilidad física con una energía creativa intacta. La cámara de Diego Gachassín observa a Fioravanti desplazarse entre herramientas, maquetas y esculturas con la atención de quien comprende que el verdadero conflicto del filme no necesita explicitar. En ese contraste entre deterioro corporal y persistencia productiva aparece lo que emerge como el núcleo conceptual de la puesta en escena: la obstinación de un deseo creativo que se niega a apagarse.
El taller, filmado como un espacio casi autosuficiente, funciona como una extensión mental del artista, una geografía íntima donde pensamiento y materia se confunden. Las imágenes registran la obra terminada y también el cuerpo que la produce: las manos, los silencios y la repetición de ciertos gestos. En esa insistencia sobre el hacer, el filme encuentra su idea más sólida: la creación artística como necesidad vital antes que como mero oficio, entendida como un impulso casi compulsivo de exteriorizar un mundo interno en formas tangibles.
La película amplía ese universo al incorporar a quienes rodean a Fioravanti -su hijo Walter, su asistente Florencia Angel, sus colegas Leo Vinci, Elsa Mareque y Mauricio Schvarzman, así como el artista Damián Calvis-, figuras que contribuyen a delinear el entramado afectivo e intelectual en el que la práctica artística del protagonista se sostiene. Los diálogos con ellos enriquecen el retrato y permiten pensar la creación artística como legado, intercambio y comunidad.
Sin embargo, Dinamogramas deposita tanta confianza en la potencia inherente de su observación que rara vez se exige ir más allá de ella. Su apuesta contemplativa -legítima y conceptualmente coherente- deriva por momentos en una reverencia excesiva que limita la complejidad del retrato, incluso en sus pasajes más logrados: aquellos en que vincula directamente la obra con el cuerpo de su creador, cuando la textura de los materiales, la insistencia de los movimientos o el desgaste físico del trabajo sugieren que crear es, para Fioravanti, una forma de supervivencia. Pero allí donde el filme podría profundizar esa intuición, radicalizar su forma e interrogar más el estatuto mismo de la representación del artista, Andrea Schellemberg prefiere sostener una observación reverente antes que someter a su protagonista a una indagación más conflictiva.
En sus mejores pasajes, el documental alcanza una densidad que excede la anécdota biográfica e involucra al espectador en una meditación sobre el arte como práctica de resistencia vital. En otros, permanece como una pieza elegante, sensible y visualmente rigurosa, aunque demasiado cómoda dentro de la admiración que profesa por su protagonista. Cuando logra trascender esa admiración, el retrato César Fioravanti deja de ser observacional y trasciende a una reflexión sobre la persistencia del deseo creativo frente a la inminencia de la desaparición.