2026-04-08

Salas

Crítica de “Buenas noches, diviértete, no mueras”: Sam Rockwell y el apocalipsis tecnológico

Cada tanto aparecen esas películas antisistema que buscan plantear una suerte de revolución al status quo, aquí asociado a la tecnología y su control social. Buenas noches, diviértete, no mueras (Good Luck, Have Fun, Don't Die, 2026) viene a sumarse a esta tradición.

Dentro de este corpus de películas podemos mencionar a Brazil (1985) en los años ochenta, a El club de la pelea (Fight Club, 1999) en los noventa o a V de venganza (V for Vendetta, 2005) en los 2000. Un tipo de cine que, desde un cine comercial, intenta poner en crisis la lógica constitutiva del sistema. Propuestas que, aun sin ser extraordinarias en términos cinematográficos, suelen quedar en la memoria por sus intenciones y por el espíritu de rebeldía expresado.

El guion de Matthew Robinson arranca con un misterioso viajero temporal (Sam Rockwell), un improbable héroe del futuro que llega a un restaurante de comida rápida para reclutar a un grupo de desconocidos con una misión imposible: salvar al mundo de la hecatombe tecnológica. El hombre asegura haber vivido el mismo acontecimiento una y otra vez, al mejor estilo de El día de la marmota —o Hechizo de tiempo (Harold Ramis, 1993), como se tituló en Argentina—, atrapado en un bucle temporal que lo obliga a intentar cambiar el destino de la humanidad.

A medida que la misión avanza y el peculiar equipo huye tanto de policías como de matones y mercenarios, la película introduce —a modo de flashbacks— la historia personal de cada uno de sus integrantes. Esta estructura narrativa entorpece el desarrollo fluido del relato de supervivencia y termina extendiendo demasiado la propuesta (que supera las dos horas de duración). Un problema considerable para una historia apocalíptica que, en el fondo, posee buenas ideas sobre el futuro oscuro de la humanidad.

Porque el fin de los tiempos no proviene aquí del cambio climático ni de un meteorito extraterrestre —y allí reside lo verdaderamente subversivo— sino de la tecnología como herramienta de control, dominación y manipulación social. “Entretenidos y distraídos” por redes sociales, videojuegos de realidad virtual o incluso por la clonación de seres queridos, los seres humanos viven atrapados en un sistema que simula resolver sus problemas mientras, en realidad, anestesia sus conciencias. Lejos de mejorar la existencia, estos avances funcionan como un sofisticado placebo que mantiene a la humanidad dócil y desconectada de la realidad.

La premisa es muy interesante y, aunque no del todo novedosa, promete una revisión del imaginario apocalíptico desde el humor negro y el desparpajo. Y en parte lo logra, si no fuera porque, en plena persecución, la película termina remitiendo a cualquier escape de película de aventuras, con su inevitable colección de clichés. Las ideas resultan mejores que su ejecución y la historia queda a medio camino entre la provocación conceptual y el espectáculo convencional.

El tono humorístico y el espíritu de futuro decadente, sucio y doloroso recuerdan inevitablemente a las películas de Terry Gilliam. La mencionada Brazil, pero también Doce monos (Twelve Monkeys, 1995), sobrevuelan el imaginario de la película con ese aire de caos, locura y paranoia tecnológica que impregna la puesta en escena y le otorga cierto encanto. Detrás de la fachada de felicidad que promete la tecnología se esconde la mugre del sistema, y es necesario sumergirse en ella para intentar emerger hacia un futuro diferente.

Una idea potente, provocadora y sugerente. Quizás más poderosa que la película en sí misma.

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