2026-02-19

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Crítica de “Eternidad”: Miles Teller y Elizabeth Olsen en un triángulo amoroso del más allá

La premisa de Eternidad (Eternity, 2026) es irresistible. Un hombre anciano muere y decide esperar en el más allá a su esposa, enferma de cáncer terminal. Cuando finalmente ella llega, descubre que no es el único que la aguarda: también está allí su primer esposo, caído en la Guerra de Corea. Ese triángulo amoroso desplazado al terreno de lo post mortem instala desde el inicio una pregunta poderosa: ¿qué pesa más, el amor idealizado del pasado o el vínculo real, con sus imperfecciones, construido en el tiempo?

La película convierte el más allá en un espacio intermedio, una suerte de estación antes de ingresar en la eternidad definitiva. Esa idea —el tránsito, la espera, la elección— es el verdadero hallazgo conceptual del film. Sin embargo, lo que podría haber derivado en una exploración filosófica sobre la memoria, el duelo y la identidad afectiva, termina encauzado hacia la estructura clásica de la comedia romántica: una mujer dividida entre dos modelos de amor, uno que encarna la fantasía intacta y otro que representa la experiencia concreta, con sus zonas grises.

El mundo post mortem está diseñado con ingenio. Funciona como una terminal lujosa con hoteles y agencias que ofrecen distintos “destinos eternos”. La decisión es irreversible y el marketing celestial despliega estrategias de venta tan absurdas como divertidas. A las clásicas montañas o playas paradisíacas se suman propuestas excéntricas: una “infantilandia” de eterna niñez, la tierra del tabaco —porque, después de todo, no se puede morir dos veces— o un territorio dedicado a los museos, donde un personaje confiesa estar exhausto de contemplar obras maestras sin descanso. En estos pasajes, la película encuentra su tono más original y lúdico, explotando la ironía de un más allá administrado como un mercado de experiencias.

El problema surge cuando la narración debe abandonar el humor y desplazarse hacia la melancolía. Como toda comedia romántica convencional, Eternidad necesita un momento de suspensión emocional: ese instante en el que la protagonista reflexiona y el relato se vuelve introspectivo antes de la elección final. Pero ese punto de inflexión se demora en exceso. Cuando el conflicto parece encaminado hacia una resolución clara, la historia introduce un nuevo giro que dilata innecesariamente la trama. La segunda vuelta de tuerca, lejos de profundizar el dilema, lo estira y debilita su impacto dramático.

Aun así, la película funciona. Y lo hace, sobre todo, gracias a su trío protagónico. Elizabeth Olsen aporta vulnerabilidad y firmeza en dosis precisas; Miles Teller compone con naturalidad a ese amor cotidiano que se defiende con pequeños gestos; y Callum Turner encarna la figura del recuerdo idealizado sin caer en la caricatura. Sus rostros —más que los diálogos— transmiten los matices emocionales del conflicto. Incluso Da'Vine Joy Randolph y John Early, como esos asistentes eternos que acompañan y orientan a los recién llegados, sostienen con eficacia los momentos de humor y aportan dinamismo al relato.

Eternidad se apoya en una idea potente —la elección definitiva del amor en el umbral de la muerte— pero opta por recorrer un camino narrativo seguro. Está lejos de ser una comedia romántica perfecta porque no siempre logra golpear en el instante justo, ese equilibrio delicado entre risa y lágrimas que define al género. Sin embargo, su premisa ingeniosa y el compromiso de sus actores la convierten en un producto eficaz que, con una sonrisa melancólica, invita a pensar en la vida y en las decisiones que nos definen, incluso después de la muerte.

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