2026-02-15

76 Berlinale

Crítica de “Un hijo propio": el nuevo híbrido de Maite Alberdi entre documental y ficción

Tras su incursión en la ficción con El lugar de la otra (2024), la directora chilena Maite Alberdi vuelve a un territorio que ya ha transitado con solvencia: la zona intermedia entre lo documental y la puesta en escena guionizada. En Un hijo propio (2026), producción de Netflix presentada en la Berlinale, la realizadora se traslada a México para abordar un episodio de la crónica policial que, en otras manos, podría haber derivado en un relato de impacto o en una reconstrucción orientada al escándalo.

La película elige otro camino. Desde el inicio se organiza en dos movimientos que dialogan entre sí. En la primera mitad, la puesta en escena adopta un tono que remite al artificio: colores saturados, encuadres que privilegian la frontalidad y una atmósfera que se acerca al cuento. Allí se reconstruye la versión de Alejandra, una mujer que, tras pérdidas gestacionales y presiones familiares constantes, decide fingir un embarazo y persuadir a otra mujer para que le entregue a su bebé al nacer.

Alberdi construye ese tramo como un espacio subjetivo. Los planos cenitales introducen una sensación de extrañamiento; la incorporación del propio proceso de casting dentro del relato desestabiliza la frontera entre representación y realidad. La forma no ilustra simplemente los hechos: reproduce el estado mental de la protagonista. La percepción fragmentada y la necesidad de sostener una ficción personal se trasladan a la estructura del film.

El trabajo actoral sostiene ese equilibrio. La interpretación central evita la caricatura y compone un personaje que oscila entre la determinación y una desconexión progresiva de lo real. La película no busca absolver ni condenar; se concentra en comprender los mecanismos que llevan a una decisión extrema.

En la segunda mitad, cuando el caso se convierte en noticia y el conflicto adquiere dimensión judicial, el relato muta hacia un registro más próximo al documental tradicional. Aparecen entrevistas, archivos televisivos y material periodístico. Sin embargo, el cambio de formato no implica un cambio de mirada. Alberdi mantiene la misma distancia analítica y el mismo interés por las subjetividades involucradas, incluso cuando el entorno mediático construye a Alejandra como figura pública sometida al juicio social.

La hibridación no opera aquí como gesto estilístico aislado, sino como estrategia narrativa. Las escenas ficcionadas permiten acceder a la dimensión íntima de la historia; los segmentos documentales restituyen el marco factual y el impacto colectivo. Entre ambos registros se configura un análisis sobre las expectativas en torno a la maternidad y sobre la forma en que los relatos —personales y mediáticos— moldean la percepción pública.

Un hijo propio evita el molde del “true crime” centrado en la espectacularización. En su lugar, propone una observación sobre la presión social, la construcción de identidad y la fragilidad de quienes quedan atrapados entre deseo, mandato y exposición mediática. La película encuentra su fuerza en esa tensión entre comprensión y distancia crítica, sin resolverla de manera simplista.

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