76 Berlinale
Crítica de “Paradise”: Un relato sobre la humanidad encarnizada
En una noche de oscuridad azul, las bocinas de un barco de carga en llamas resuenan como obertura. El océano atlántico se despliega cual zona de reflejos confusos, siendo el escenario principal de un misterio que une dos continentes y dos jóvenes adultos, extraños entre sí. En Canadá, Tony se aísla de su entorno con música que proviene de auriculares de cable. Al otro extremo del cuerpo de agua, en Ghana, Kojo contempla el bullicio y tiene la compulsión de dirigir la mirada al cielo, mientras su interior permanece en silencio.
Paradise (2026), el primer largometraje de Jérémy Comte – en colaboración con el guionista y director ghanés-marfileño Will Niava– presenta la historia de dos personajes que buscan llenar la imagen ausente de su figura paterna. En su crudo realismo, la película presenta, a través de una escena de Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004), una creencia utópica para el capitalismo tardío: la ilusión, perteneciente a toda la raza humana, de que algo tiene el poder de salvarnos la vida. Aunque afectados por el sistema en el que fueron criados, entre la polaridad de la justicia y el chantaje, los protagonistas y sus vivencias de la masculinidad se encuentran en el sentimiento del horror, que emerge tímidamente ante las responsabilidades impostadas.
En continuidad con una cinematografía naturalista, ya establecida en Fiera (Fauve, 2018), el largometraje se expresa a través del lenguaje audiovisual de manera franca e inmersiva. Con una precisión quirúrgica en la cadencia del sonido y la contundencia de la imagen, esta entrega construye cada escena como si fuera una pieza autónoma, una película en sí misma. A la manera de Terrence Malick, por momentos se olvida del protagonismo de sus personajes, mediante movimientos de cámara que se escurren de la trama para construir una atmósfera de suspenso e impotencia frente a la inmensidad de la naturaleza.
Es así que la belleza de los paisajes se erige inmutable ante el caos de la vincularidad humana. No es posible llenar la imagen ausente, ni ver al otro, por culpa de la niebla que es el sueño humano; un espejo que devuelve la mirada. Mientras tanto, la resolución del drama se dilata constantemente; el pasar del tiempo se detiene en un reloj de arena inclinado, donde la narración se sigue desarrollando hasta llegar a un cul-de-sac. En tal punto de no retorno, el filme condensa su núcleo: la tragedia se disuelve ante la futilidad. La humanidad encarnizada, más allá de lo que nos hicieron creer, se interpone.