Salas
Crítica de “La empleada”: clase, deseo y control en la versión cinematográfica de "The Housemaid"
Millie (Sydney Sweeney), joven que sobrevive en los márgenes y vive en su automóvil, llega a la mansión de los Winchester para ocupar el puesto de empleada doméstica. El trabajo incluye tareas de limpieza, cocina y el cuidado de Cecilia (Indiana Elle), hija de Nina (Amanda Seyfried) y Andrew (Brandon Sklenar), dueño real de la propiedad.
La atracción inmediata entre Millie y Andrew abre un vínculo que se desarrolla en silencios, rutinas y encuentros furtivos. El colapso emocional de Nina, que destruye la cocina y acusa sin fundamento a su asistente, profundiza la alianza entre Andrew y Millie. El ascenso de la joven dentro de la casa se produce bajo el espejismo de regalos, ropa prestada y una habitación ofrecida en el ático, donde se oculta un secreto central para la dinámica familiar.
En paralelo, breves destellos del pasado revelan la condición de Millie como parte de una nueva clase empobrecida en Estados Unidos: personas que conservan un auto y pocas pertenencias, pero que viven en estacionamientos y baños públicos. Su ingreso al hogar Winchester funciona como una falsa promesa de estabilidad que deriva en encierro y disciplinamiento.
Freida McFadden, médica especializada en trastornos cerebrales, construyó una saga de novelas protagonizadas por Millie que funcionan dentro de la lógica del “thriller doméstico”, donde se combinan tramas de lectura veloz, tensiones de clase y giros efectistas. La figura de la asistenta como vigilante está presente incluso en sus portadas, marcadas por la iconografía del ojo que observa a través de una cerradura.
En la película, esta idea se refuerza mediante el flashback escolar donde Millie enfrenta a un agresor, posicionándola como una figura que interviene dentro de las dinámicas ocultas de la vida privada.
El cine ha demostrado que una novela de consumo masivo puede convertirse en una obra transformadora. Hitchcock lo hizo con Psicosis. Paul Feig, en cambio, mantiene en pantalla los rasgos más funcionales del texto original sin relecturas que tensionen sus límites.
Secuencias como la del ático, donde Andrew obliga a Millie a herirse con un fragmento de porcelana, o la violencia posterior entre ambos, carecen de consecuencias narrativas claras. Las heridas no alteran la trama y la progresión dramática se diluye en episodios aislados. A esto se suma la falta de desarrollo en escenas como la visita de Millie a servicios sociales o el arco narrativo marcado por el uso y abandono de anteojos, que intenta instalar una imagen ingenua sin continuidad interna.
La empleada (The Housemaid, 2025), podría haber explorado con mayor profundidad las tensiones entre servidumbre, deseo y alienación dentro del hogar burgués. El film escenifica la desigualdad, pero no la interroga. La cámara y el guion reproducen los códigos del thriller doméstico sin desarmar sus mecanismos. Las promesas de ascenso social conviven con mecanismos de control que se expresan en el ático como metáfora de encierro y disciplinamiento, pero la película no avanza hacia una lectura más amplia de estas relaciones.
La empleada expone cómo el cine comercial actual adapta fórmulas literarias de alta circulación sin revisar sus tropos centrales. El resultado es una reescritura del cuento de la criada que opera como entretenimiento inmediato, apoyado en tensiones interiores y vínculos de poder, pero que no logra transformar los materiales de origen.