2025-12-27

Prime Video

Crítica de "Nunca me encontrarás": paranoia, encierro y deriva psicológica en el terror contemporáneo

El acceso a cinematografías que no respondan al eje Estados Unidos sigue siendo un problema incluso en tiempos de plataformas, catálogos amplios y circulación digital. El hallazgo suele depender del azar, de una sinopsis leída a las apuradas o de una programación televisiva poco previsible. En ese margen aparece Nunca me encontrarás (You’ll never find me, 2023), una producción australiana de bajo presupuesto dirigida por los debutantes Indianna Bell y Josiah Allen, ambos provenientes del cortometraje.

La película se deja encontrar, paradójicamente, en un espacio donde el terror suele circular sin demasiadas garantías: la televisión de paga. En ese contexto, el film se diferencia no por un despliegue de recursos sino por una administración precisa del encierro y la desconfianza. La historia se concentra en una noche de tormenta y en un único espacio: la casa rodante de Patrick, un hombre solitario que vive en los suburbios de una ciudad australiana sin nombre. La llegada de una joven empapada, que solicita ayuda para llamar un taxi, activa un juego de preguntas, silencios y miradas que nunca termina de acomodarse en un registro claro.

El relato trabaja con elementos reconocibles del cine de terror clásico —el extraño que irrumpe, la casa como refugio y amenaza, la imposibilidad de escapar—, pero los desplaza hacia un terreno psicológico. Nada termina de ser verificable: el origen de la joven, la historia personal de Patrick, los indicios que aparecen en el baño, los ruidos en el exterior. La puesta en escena refuerza esa inestabilidad con primeros planos insistentes y un uso del fuera de campo que vuelve cada gesto potencialmente equívoco.

La relación entre ambos personajes se construye sobre una incomodidad persistente. El silencio pesa tanto como el diálogo y las acciones mínimas —ofrecer una sopa, prestar un suéter, aceptar un trago— adquieren una dimensión inquietante. La película no se apura en definir posiciones morales ni en revelar información, sino que estira la espera hasta volverla una experiencia casi física para el espectador.

En esa lógica, el film dialoga con una tradición de encierro y absurdo que remite, por momentos, a El ángel exterminador. La frase “la puerta está abierta” funciona más como provocación que como salida posible. La amenaza no siempre está en el exterior, sino en la imposibilidad de decidir, de confiar o de irse.

Cuando la narración se desplaza hacia una dimensión más explícita, Bell y Allen apelan a recursos visuales y sonoros que rompen la calma previa: cambios cromáticos, ruidos persistentes, movimientos de cámara que fragmentan el espacio. El terror deja de ser una sospecha y se vuelve experiencia sensorial, sin perder del todo su ambigüedad.

El desenlace introduce un giro que reordena lo visto y resignifica el aislamiento como problema central. Lejos de clausurar el relato con una explicación cerrada, la película propone una lectura sobre los efectos de la soledad prolongada y la fragilidad de los vínculos cuando ya no hay comunidad alrededor.

Nunca me encontrarás confirma que el terror de bajo presupuesto, cuando se apoya en una idea clara y en un trabajo preciso de puesta en escena, puede ofrecer algo más que sobresaltos: una experiencia inquietante que persiste más allá del último plano.

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