2025-11-30

Netflix

Crítica de "Miss Peregrine y los niños peculiares": el regreso al universo clásico de Tim Burton

Miss Peregrine y los niños peculiares (2016) retoma los elementos centrales del imaginario de Tim Burton: herencias familiares que orientan el destino, mundos paralelos que conviven con la realidad y personajes que encuentran en la diferencia un modo de afirmarse. La película, basada en la novela de Ransom Riggs, utiliza esos rasgos para construir una aventura donde la narrativa fantástica se articula con un pulso emocional ligado a la memoria, los vínculos y la transmisión entre generaciones.

La historia sigue a Jake Portman (Asa Butterfield), un adolescente que vive en Florida y atraviesa una rutina sin grandes variaciones. Su situación cambia cuando debe acompañar a su abuelo Abe (Terence Stamp), cuya salud y recuerdos comienzan a desordenarse. Un hecho inesperado revela que Abe ha conservado un secreto durante décadas: la existencia de un lugar en Gales asociado a una serie de sucesos que marcaron su juventud. Jake viaja con su padre para reconstruir ese pasado y se encuentra con un hogar aislado, habitado por niños con habilidades extraordinarias que viven protegidos por Miss Peregrine (Eva Green). Ese refugio funciona dentro de un bucle temporal que los mantiene a salvo, aunque bajo la amenaza de Mr. Barron (Samuel L. Jackson), cuya presencia altera un equilibrio que parecía inmutable.

Burton utiliza la relación entre Jake y su abuelo como eje narrativo. La figura de Abe opera como punto de partida para que Jake ingrese en un universo donde los relatos familiares adquieren un peso decisivo. Esa dinámica remite, en parte, a El gran pez (Big Fish, 2003), donde las historias heredadas funcionan como puente entre generaciones y como modo de configurar identidad. Aquí, esa transmisión impulsa un proceso de descubrimiento personal y abre la puerta a un tránsito entre lo cotidiano y lo extraordinario.

La película articula dos planos: un mundo real atravesado por sombras y un espacio fantástico donde lo extraño adquiere sentido propio. La secuencia que homenajea a Ray Harryhausen —un enfrentamiento entre esqueletos y criaturas en un parque de diversiones— sintetiza esa combinación de géneros, donde el terror clásico y el espíritu del videoclip conviven con naturalidad dentro del relato.

Los niños peculiares introducen un abanico de singularidades que amplían el alcance del universo narrativo: habilidades diversas, modos de relacionarse y maneras de entender la protección que ofrece Miss Peregrine. Cada uno aporta una pieza de un mosaico que se organiza como relato colectivo. Las historias se encadenan unas con otras: la del abuelo, la de Miss Peregrine, la de los chicos y la de Jake, componiendo un entramado que funciona como dispositivo de transmisión y aprendizaje.

La película avanza como una narración sobre relatos: cada voz amplía la perspectiva, cada recuerdo habilita un desplazamiento hacia otra dimensión y cada experiencia permite comprender de qué modo se hilvanan los vínculos dentro de un mundo donde el tiempo se pliega sobre sí mismo. Entre viajes temporales, tensiones familiares y episodios de acción, Miss Peregrine y los niños peculiares propone un recorrido por universos coexistentes que dialogan con las obsesiones del director y con la potencia visual que caracteriza su cine.

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