2025-11-25

Crítica de “Manas”: la infancia que el río mantiene en silencio

Marcielle, llamada Tielle, tiene trece años y vive con su familia en la isla de Marajó, en el delta del Amazonas. Su nombre surge de unir los de sus padres, Marcilio y Danielle. El día transcurre entre tareas domésticas, pesca de camarón, recolección, lavado de ropa y el traslado a una escuela aislada. Las hamacas y las cuerdas que las sostienen son parte del espacio donde la familia organiza su rutina diaria y también del relato que la rodea.

Al inicio, Marcilio lleva a su hijo mayor a cazar, mientras Danielle se ocupa de la casa y las niñas juegan en el agua que rodea el palafito donde viven. Por las noches, Tielle baja las hamacas y nota que la suya está rota. El padre la llama a dormir a su lado en la única cama. Más adelante, decide invertir los roles: deja al hijo a cargo de la madre y lleva a Tielle a cazar. Al enseñarle a cargar la escopeta, se aproxima a ella mientras respira con fuerza y continúa dándole instrucciones. La escena marca un punto sin retorno.

Manas (2024) es el primer largometraje de Marianna Brennand, realizadora que ya había trabajado la figura de su tío abuelo en Francisco Brennand (2012) y que dedicó una década a investigar el abuso infantil en Marajó. La directora evita mostrar imágenes explícitas y se apoya en una puesta observacional con cámara en mano, primeros planos y movimientos inestables que insertan al espectador en la vida ribereña. La fotografía de Pierre de Kerchove refuerza una mirada naturalista y el guion concentra el peso dramático en la actuación de su protagonista.

La película dialoga con otras representaciones de vulneración. El recorrido de Tielle hacia una barcaza para vender camarón remite, de manera distante, a la travesía de Bess McNeill en Contra viento y marea (Breaking the Waves, 1996) de Lars von Trier. También recuerda a un material documental sobre la venta de niñas indígenas en la región amazónica. El gesto de pintarse los labios funciona como un movimiento contra la autoridad paterna y como intento de fuga. El bar, el baile y el contacto con hombres que conocen la edad de la niña componen una deriva sin salida que termina en una redada policial. La agente a cargo la ubica en adopción temporal, pero Marcilio logra que regrese al palafito. El apodo “chica de barcaza” evidencia la lógica de intercambio que atraviesa la isla. Para el padre, la niña es un recurso más dentro de un circuito económico que circula por el río.

El cierre confirma la continuidad del ciclo cuando Tielle descubre que su hermana menor está cazando con el padre. La escena no sorprende dentro de la estructura del relato: expone una cadena silenciosa que se transmite entre generaciones.

En Brasil se generó una discusión pública cuando Manas compitió con El agente secreto (2025) de Kleber Mendonça Filho para representar al país en los Premios Oscar. La película de Brennand había recibido apoyo y rechazo debido a su temática, pero finalmente la selección recayó en el título de Mendonça Filho por sus recursos de producción.

El film convierte un hecho silenciado en registro. No apela al impacto directo ni al sensacionalismo: observa la dinámica familiar y la normalización del abuso en comunidades amazónicas. La historia de Tielle expone una estructura donde la subordinación femenina y el silencio social sostienen la permanencia del daño. Mientras no exista palabra pública, el ciclo continúa. El sonido que Tielle retiene queda en manos del espectador.

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