Prime Video
Crítica de "Juegos de seducción": el thriller psicológico de Gonzalo Tobal donde el estafador es la presa
Dirigida por el argentino Gonzalo Tobal, Juegos de seducción (2025) se sitúa en la Ciudad de México y presenta a Sebastián (Diego Boneta), un estafador de élite que, junto a su socio Maclo (Alejandro Speitzer), ha perfeccionado el arte de seducir a mujeres adineradas para obtener, sin coacción, acceso a sus recursos. Pero lo que parecía ser el último golpe se desdibuja cuando aparece Carolina (Martha Higareda), una mujer casada con un empresario vinculado al poder económico y político (Alberto Guerra). A partir de ese encuentro, Sebastián ingresa en una trama en la que las reglas del juego ya no las dicta él.
Más que un thriller estructurado sobre certezas narrativas, Juegos de seducción construye un dispositivo donde la tensión proviene del desplazamiento constante de los roles. Tobal retoma referencias del cine de suspenso y del erotismo psicológico de los años noventa pero las actualiza desde una mirada que privilegia la ambigüedad moral. El fuera de campo, la fragmentación de los diálogos y la música disonante refuerzan la idea de que no hay una verdad lineal, sino múltiples versiones de un mismo hecho que colisionan entre sí.
El personaje de Boneta se presenta como un camaleón que cambia de identidad con cada nueva conquista, pero detrás de cada máscara emerge la misma necesidad de control y fuga. Lo interesante es cómo Tobal lo despoja de su aparente centralidad para confrontarlo con Carolina, una figura inicialmente secundaria que termina invirtiendo la lógica del relato. Ella no solo altera el plan, sino que transforma la narrativa, desplazando el foco del engaño amoroso hacia una dimensión más peligrosa, donde el deseo deja de ser un vehículo de conquista para convertirse en una trampa.
Tras Villegas (2012), Acusada (2018) y El amor después del amor (2023), Tobal despliega una propuesta que excede el suspenso. Juegos de seducción no solo aborda las estrategias de seducción como dispositivos de poder, sino que también investiga cómo las identidades se descomponen cuando el juego deja de ser controlado por sus jugadores. Lo que comienza como una estafa sofisticada deviene en una lucha por el control de la escena. En ese desplazamiento, nadie permanece indemne. Ni el impostor, ni la víctima, ni el espectador.