2025-06-11

Teatro Gran Rex

Crítica de "La Sirenita": Una sirena que vuela pero no interroga

Una sirena que sueña con caminar entre los humanos. Un padre que prohíbe. Una bruja que seduce. Y un príncipe que ignora el mundo submarino. Sobre esa estructura, conocida por generaciones a través de la versión animada de Disney, se construye esta nueva puesta teatral de La Sirenita, que apuesta fuerte a lo visual pero evita cualquier revisión crítica de los roles y discursos que la historia perpetúa.

La obra abre con Ariel —interpretada por Albana Fuentes— descendiendo desde lo alto del teatro, suspendida por un arnés y envuelta en una proyección marina que sumerge a la platea en un océano digital. Desde esa primera aparición aérea, la producción señala con claridad su intención: provocar asombro, construir atmósferas, seducir con efectos.

Ariel es una joven sirena fascinada por el mundo de la superficie, que colecciona objetos humanos y sueña con escapar de las reglas impuestas por su padre, el rey Tritón. Cuando salva de un naufragio al príncipe Eric, se enamora y decide entregarlo todo —incluso su voz— para intentar ser parte de su mundo. Lo que sigue es un relato lineal, sin desvíos, que reproduce el conflicto entre obediencia y deseo, con un desenlace conocido.

El elenco está compuesto por nombres reconocibles del espectáculo local: Osvaldo Laport como un imponente Tritón, Evelyn Botto en la piel de Úrsula, José María Listorti como el cangrejo Sebastián y Pablo Turturiello como Eric. Cada uno se ajusta a un registro que busca emular —a veces de forma literal— los códigos de la animación original, con canciones, movimientos coreografiados y caracterizaciones que apelan al reconocimiento más que a la construcción de una nueva mirada.

La puesta en escena funciona como un engranaje bien aceitado: escenografías móviles, arneses, efectos de sonido, proyecciones envolventes. También hay momentos de humor y dinamismo, como la aparición de Flounder en skate o los números musicales liderados por Sebastián.

Sin embargo, detrás de esa maquinaria de efectos, la narrativa no logra despegar. La historia de Ariel se presenta sin matices ni contradicciones. No hay interrogación sobre los mandatos que la empujan a cambiar de cuerpo, sobre el castigo que recibe por desear otra vida o sobre la pasividad de Eric en esa dinámica. La obra reproduce sin fisuras el cuento tradicional, sin preguntarse por su actualidad ni por sus implicancias.

En ese sentido, La Sirenita ofrece una experiencia visual potente, pero de desarrollo narrativo predecible. Es un espectáculo que apuesta al impacto escénico, aunque elude todo riesgo dramático. Y aunque el vuelo de Ariel insinúa, desde lo simbólico, la posibilidad de otro horizonte, la historia permanece anclada en el fondo del mar, sin atreverse a cuestionar el relato que repite.

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