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Crítica de "Presencia": La inquietante exploración de Soderbergh con Lucy Liu
Steven Soderbergh es un director que nunca se queda quieto, que juega con los formatos, con las narrativas y con los límites del lenguaje cinematográfico. Su cine se siente como un laboratorio en constante experimentación, y Presencia (Presence, 2025) no es la excepción.
Lo curioso es que, a pesar de su premisa intrigante y su puesta en escena particular, la película suele ser confundida, erróneamente, como una de terror. La realidad es que no lo es: No hay sustos, no hay atmósfera opresiva, no hay momentos diseñados para que saltemos de la butaca. Y sin embargo, la película funciona. Es más un ejercicio de estilo que una historia atrapante, más una idea interesante que un relato completamente efectivo. Pero dentro de esa propuesta, Soderbergh demuestra que, incluso con un concepto sencillo, todavía puede jugar con las reglas del cine y sacar algo novedoso.
Desde el arranque, el punto de vista es clave. La película adopta una mirada subjetiva muy particular, con una cámara que flota en el espacio, que observa sin intervenir, que emula ser un ente fantasmal que acecha a una familia. Pero, como ocurre con tantas obras del director, nada es lo que parece. No estamos ante un fantasma en el sentido tradicional del género. No hay una presencia maligna que se oculta en las sombras. Y es ahí donde la película empieza a despegarse del terror y a acercarse más a una exploración narrativa sobre la percepción y la ausencia. En ese sentido, la referencia más directa es Historia de un fantasma (A Ghost Story, 2017) de David Lowery, aunque con una relectura menos artística y más accesible. Si la película de Lowery apostaba por el lirismo, la paciencia y el peso del tiempo, esta cinta opta por un tratamiento más inmediato y comercial, pero sin caer en la obviedad ni en la mediocridad.
El uso de la cámara es, sin dudas, el elemento más llamativo del film. No es la primera vez que el cine explora la idea de una subjetividad fantasmal. Pero lo que hace Soderbergh es un poco más radical: convierte a la cámara en el “personaje” principal, en el observador definitivo, en un ser que parece omnipresente pero que en realidad es solo un testigo pasivo. El efecto es extraño. A veces, funciona como una herramienta de inmersión, generando una sensación de inquietud y de vigilancia constante. Otras veces, el artificio se hace evidente y el espectador se distancia, recordando que esto no es más que una idea cinematográfica puesta en juego. Es un arma de doble filo: lo que por momentos aporta a la narrativa, en otras ocasiones la limita, volviéndola un poco mecánica.
Lo que mantiene a flote la película es su brevedad. Es concisa, no se enreda en subtramas innecesarias ni en sobre explicaciones. Va directo al punto y, gracias a eso, se deja ver con facilidad. Pero esa misma economía narrativa puede jugarle en contra: el film se siente casi como un experimento breve, como una prueba de concepto más que como una historia completamente desarrollada. En un momento donde el terror contemporáneo está dividido entre el cine de jumpscares desechables y el terror elevado que busca ser más arte que género, la película queda en un punto medio. No asusta, pero tampoco deslumbra con su profundidad.
Los personajes, aunque bien interpretados, no son el centro de la propuesta. La familia que habita la casa es una excusa para que el director despliegue su juego visual. No hay grandes desarrollos emocionales ni conflictos demasiado complejos. Y esto puede ser un problema para algunos espectadores. La película pide que nos involucremos más con la puesta en escena que con los personajes. Y si esa apuesta no convence, el resultado puede ser distante. Por otro lado, esa frialdad puede interpretarse también como una decisión calculada: el film no busca emocionarnos ni aterrarnos, sino hacernos conscientes de la mirada, del cine como un ojo omnipresente que registra sin intervenir. Es una reflexión meta cinematográfica envuelta en un envoltorio de cine de género.
La verdad es que la película depende mucho de las expectativas que tengas al verla. Si vas esperando una historia de terror clásica, la decepción es casi segura. Si se la aborda como un ejercicio de estilo, como una exploración del punto de vista y la ausencia, la experiencia puede ser mucho más interesante. No es una obra maestra, ni siquiera una de las mejores películas de Soderbergh, pero sí un recordatorio de que el cine todavía puede jugar con sus propias reglas y proponer experiencias distintas. Breve, curiosa y visualmente intrigante, Presencia es, en el mejor de los casos, una película que deja una sensación extraña: la de haber sido observados por algo que nunca termina de revelarse del todo.