Salas
Crítica de "Nuestra parte del mundo": Cuando el amor se descompone en silencio
Nuestra parte del mundo (2025) se abre con una imagen que remite directamente al inicio de El incendio (2015): una pareja en una cama, la tensión física como forma de aplazar lo inevitable. No se trata solo de una secuencia familiar: es una declaración de estilo y continuidad narrativa. Juan Schnitman elige dialogar con su propio pasado cinematográfico, para interrogar cómo evolucionan los vínculos, qué persiste y qué se diluye con el tiempo.
Si en El incendio la espera por una escritura marcaba el pulso dramático de una reación al borde del colapso, aquí es la decisión de separarse lo que está ya asumido, aunque no completamente transitado. La pareja (Margarita Molfino y Juan Barberini) busca emprender, con su hijo Gaspar de cuatro años, un viaje hacia Córdoba. No como escapatoria, sino como ritual de cierre, un gesto performático para despedirse de lo que alguna vez fue.
Nuestra parte del mundo retoma la estrategia de encierro espacial de su antecesora. Casi toda la acción transcurre dentro de un departamento, convertido en escenario de agotamiento emocional. Es allí donde el vínculo entre la pareja se muestra desgastado, no por una causa única ni por una traición evidente, sino por el cansancio acumulado y la complejidad de criar a un niño que, sin diagnóstico explícito, muestra signos compatibles con el espectro autista.
Gaspar no es un personaje central en términos de protagonismo, pero su presencia fuera de campo condiciona y resignifica cada gesto de sus padres. El espectador no asiste a una historia sobre la discapacidad, sino a una exploración del impacto que ciertas realidades generan en el entramado afectivo de una familia.
La idea del viaje funciona como símbolo más que como acción. Aunque los protagonistas se preparan para ir a las sierras, el desplazamiento físico queda siempre retrasado. Lo importante no es llegar a Córdoba, sino lo que ese trayecto interrumpido representa: la posibilidad de reencontrarse, de abrir un paréntesis, de permitir un instante de juego que rompa la lógica del conflicto.
Schnitman construye el relato sin grandes estallidos ni giros dramáticos. El conflicto ya ocurrió. Lo que vemos son sus esquirlas: los efectos secundarios de una separación que no encuentra todavía su forma ni su lenguaje. El fuera de campo, los silencios prolongados, los planos cerrados sobre cuerpos que se evitan o se buscan, hablan más que los diálogos explícitos.
En ese sentido, la película se inscribe en una tradición de cine íntimo y reflexivo que privilegia el ritmo interno por sobre la acción externa. La cámara no espía: acompaña. Observa desde la proximidad, no para exponer, sino para sugerir. El foco no está en lo que sucede, sino en cómo afecta.