Max
Crítica de "Pídeme lo que quieras": Lucía Alemany y el erotismo con formato de planilla Excel
Desde el primer plano, Pídeme lo que quieras (2024) plantea un dilema visual: ¿estamos ante una historia de deseo o frente a una capacitación interna con estética de after office? Eric Zimmerman (Mario Ermito), el CEO alemán más inexpresivo del cine reciente, aterriza en Madrid para gestionar una empresa, pero enseguida reubica sus prioridades: someter a Judith (Gabriela Andrada), una asistente que, según la lógica del guion, no tiene otra ambición que entrar en la cadena de mando sentimental y sexual del jefe.
La trama, que en papel vendió millones, aquí se desintegra entre escenas coreografiadas con más rubor que erotismo. Lo que podría haber sido un campo fértil para debatir sobre consentimiento, poder y deseo, se reduce a una sucesión de planos que mezclan catálogos de lencería, música lounge y frases de coaching empresarial.
Lucía Alemany, que sorprendió con La inocencia, parece haber aceptado este proyecto como una prueba de tolerancia. Cada escena avanza con la energía de una reunión por Zoom: sin contacto, sin emoción y con evidentes problemas de conexión entre los actores. La pareja central no tiene química, y lo poco que insinúan se evapora en una dirección errática que nunca define si está filmando erotismo, sátira o contenido institucional para adultos.
Las escenas supuestamente fogosas oscilan entre lo mecánico y lo autoparódico. Pero también hay una ausencia de riesgo que convierte cada escena en una parodia involuntaria de sí misma. El voyeurismo –columna vertebral del relato– queda reducido a una puesta en escena tan pálida que ni siquiera da para el escándalo. Como mucho, para el bostezo.
En este universo binario de "sumisas" y "dominantes", los personajes no evolucionan: se ajustan a etiquetas con la docilidad de empleados siguiendo un protocolo de oficina. Lo inquietante no es la sexualidad explícita, sino su banalización. Donde debería haber intensidad, hay un Excel emocional; donde se espera conflicto, aparece un instructivo. La promesa de la novela –fantasía, deseo, tabú– se transforma en un trámite burocrático.
El guion, plagado de lugares comunes, reproduce sin fisuras los peores vicios del soft porn edulcorado: frases huecas, escenas que nunca escalan, y una puesta en escena que confunde iluminación tenue con atmósfera. El resultado: una película sin cuerpo ni alma, diseñada más para agradar algoritmos que para interpelar espectadores.