Teatro Metropolitan
Crítica de "Chanta": el espejo cínico de una Argentina al revés
En Chanta, la escena no es solo un escenario: es un confesionario al revés. Julio Ballesteros, encarnado por Agustín “Rada” Aristarán, inicia su relato desde el interior del ataúd que lo acompaña a su última morada, desatando una cronología invertida donde el pasado se revela como epitafio de una vida en constante impostura. Recorre su vida hacia atrás, como si el tiempo se hartara de fingir coherencia, y ese recurso no es sólo una apuesta narrativa: es un dispositivo político, simbólico, mordaz.
La obra escrita por Mariano Cohn, Gastón Duprat y Juan José Becerra se instala en un terreno conocido pero renovado: la revisión biográfica como juicio moral, y la comedia como catalizador de lo trágico. Bajo la dirección de Marcelo Caballero, Chanta articula ironía, crítica social y una puesta visual que potencia el artificio para denunciar lo real.
Ballesteros no busca redención. No implora perdón ni comprensión. Su voz –afilada, burlona, desencantada– hace de cada escena una interpelación al espectador. Rada despliega con precisión quirúrgica esa mezcla de comicidad y desasosiego, con el oficio de quien entiende que el humor, bien dosificado, puede ser el bisturí más agudo.
El personaje recorre, en reverso, sus ochenta años: del entierro al primer llanto. Y en cada estación de ese viaje descarnado, aparecen los rituales argentinos del éxito, la doble moral, el cinismo instalado en la política, el trabajo, el amor y el poder. La estructura de la obra –una especie de "vida al revés"– es un truco que permite desarmar la lógica lineal de la construcción identitaria. Ballesteros no se justifica: se exhibe.
Chanta no sólo divierte: provoca. El lenguaje es el arma. La palabra es la trampa. Los monólogos están diseñados como escopetazos verbales, donde cada bala apunta a una impostura cotidiana. El texto es ácido y nunca complaciente. El humor no es decorado: es estrategia. La risa que genera no es liberadora sino incómoda. La sátira opera como un espejo deformante, pero eficaz. No hay moraleja, porque no hay lección. Hay evidencia: esto somos.
Caballero entiende que el teatro también puede ser laboratorio de conciencia. La puesta aprovecha recursos mínimos pero efectivos para potenciar el discurso: iluminación que marca el paso del tiempo, objetos que muta en función del relato y una dirección que pone el cuerpo del actor en el centro, sin distracciones.
Chanta podría ser una confesión, pero es una denuncia. Podría ser un monólogo, pero es un diálogo con el inconsciente colectivo. En su cinismo, hay una invitación a pensar lo que se dice, lo que se calla y, sobre todo, lo que se actúa como sociedad.