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Crítica de “Mentiras pasajeras”: Un Almodóvar sin Almodóvar, pero con su fantasma
Mentiras pasajeras (2023), la nueva serie de comedia dramática producida por Pedro y Agustín Almodóvar y creada por Nerea Castro, irrumpe con un relato que en su aparente superficialidad esconde una radiografía mordaz del capitalismo emocional. Con solo 8 episodios de 30 minutos, su brevedad es inversamente proporcional al ruido simbólico que deja: el de una sociedad que mide el éxito por lo que se muestra, no por lo que se es.
Lucía, interpretada por una contenida pero expresiva Elena Anaya, es la heroína trágica del siglo XXI. Ejecutiva de una empresa de tratamientos estéticos (porque, claro, ¿qué mejor metáfora del simulacro que la industria de la belleza?), es acusada de espionaje industrial justo cuando estaba por lograr su merecido ascenso. Lo que sigue es una caída libre con la estética de una comedia, pero el ritmo de una tragedia griega adaptada al streaming: hay máscaras, hay coros, hay hybris, pero sobre todo, hay apariencia.
Aunque Pedro Almodóvar no dirige, su sello es visible: lo kitsch, lo grotesco, lo absurdo, lo pop, el melodrama y lo queer se filtran en cada diálogo, en cada escena donde los colores chillones contrastan con la melancolía existencial. Dirigida por Félix Sabroso y Marta Font, la serie se presenta como un laboratorio donde la mentira no es un error sino una herramienta, casi una estrategia de marketing personal.
Mentiras pasajeras es como una vidriera de barrio cheto: lo que se muestra es brillante, pero lo que se oculta es lo verdaderamente valioso. Lucía no miente por maldad, miente por necesidad, como quien se maquilla para sobrevivir a una sociedad que exige sonrisas incluso en la ruina.
La narrativa navega con pericia entre el tono ligero y el trasfondo oscuro. Porque lo que parece una comedia de enredos sobre una mujer desesperada por ocultar su caída, es en realidad una parábola sobre cómo el neoliberalismo afectivo nos exige performar felicidad y éxito como si fuésemos influencers de nuestra propia vida.
En ese juego de espejos, los personajes secundarios —notables Pilar Castro, Hugo Silva y Quim Gutiérrez— no son meros satélites, sino reflejos distorsionados del dilema central: ¿vivimos o actuamos vivir? ¿Qué pasa cuando la mentira no es pasajera sino estructural?