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Critica de "Homestead": la nueva apuesta de Angel Studios tras el éxito de "Sonido de Libertad"
Angel Studios no era una empresa conocida por fuera de los límites de Estados Unidos, hasta que en 2023 estuvo detrás de Sonido de libertad (Sound of Freedom, 2023) un inesperado éxito comercial gracias a una recaudación que trepó hasta 250 millones de dólares en todo el mundo cuando su costo había sido de poco menos de 15 millones. En el país del norte, que aportó 186 millones de ese total, fue uno de los diez títulos más vistos del año y en la Argentina, por citar otro ejemplo, superó el millón de espectadores, una cifra reservada para la élite de las superproducciones de Hollywood.
Aquella película estuvo envuelta en varias polémicas, la mayoría no relacionadas con la pantalla grande. Primero, porque se basaba en el caso real de Tim Ballard, un exagente del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos que rescató a un chico hondureño de una red internacional de trata de personas y que, a partir de su labor humanitaria, se vinculó con organizaciones religiosas de intenciones dudosas y recibió varias denuncias por abuso sexual. Por otro lado, porque Sonido de libertad fue enarbolada por seguidores de QAnon, una suerte de secta con posturas extremistas y adhesión a un sinfín de teorías conspirativas, como la que asegura que hay un poder en las sombras manejada por un poderosos practicantes de la pedofilia y el satanismo.
El nuevo proyecto de Angel Studios tiene un perfil más bajo, pero no está exento de particularidades que, al menos hasta ahora, se relacionan solo con la esfera audiovisual. Más precisamente, con su esquema de lanzamiento, ya que Homestead (2024), que estará en la cartelera comercial estadounidense desde el 20 de diciembre, marca el comienzo de un entramado mucho más amplio que incluye una serie de TV y hasta un reality, Homestead: Family Survival, disponible en la aplicación del Angel.
Así se entiende que Homestead (película) funcione más bien como un largo capítulo introductorio de un relato con varias ramas para seguir creciendo. El título refiere a la ciudad del estado de Florida donde una estancia funciona como refugio de varias familias que huyeron de sus casas a raíz de la explosión de una bomba nuclear en Los Ángeles. Dado que eso fue en la otra punta de Estados Unidos, las consecuencias en la costa este se limitan a un gigantesco corte de luz. Quizás el Apocalipsis no sean las lenguas de fuego cayendo del cielo ni nada de lo que imaginó la Biblia, sino eso: un mundo a oscuras, sin conexión, con un estado social de anomia e intentos de supervivencia individual o familiar antes que colectiva.
El dueño del refugio es Ian Ross (Neal McDonough, también acreditado como productor) e invita a familiares, amigos y un grupo de militares de las fuerzas especiales a quedarse allí a la espera de que las aguas se calmen. Para eso cuentan con suministros que, de racionalizarlos, les permitirían llegar hasta la primavera, cuando el clima permita volver a plantar trigo, verduras y frutas. “¿Esto es un arca o una fortaleza?”, le pregunta su esposa Jenna (Dawn Olivieri), a lo que Ian responde: “Es nuestra casa”. Sus buenas intenciones, sin embargo, chocan con los intentos de algunos militares de hacerse del control del lugar, al tiempo que los peligros del “mundo exterior” se vuelven cada más hostiles, poniendo en riesgo el bienestar general.
Narrada con buen pulso por el realizador Ben Smallbone, Homestead tiene varias escenas de acción bien resueltas y una intriga generalizada por la suerte de esa comunidad obligada a la convivencia. Pero no es una película apocalíptica tradicional, de esas donde los sobrevivientes peregrinan en busca de algún indicio de vida mejor, sino una que utiliza el escenario cambiante que genera para indagar en los pliegues más ambiguos del comportamiento humano.