2026-10-29

Netflix

Crítica de "Pequeños invasores": la familia se defiende con un joystick

Antes de que aparezcan los extraterrestres, Pequeños invasores (Aliens in the Attic, 2009) ya ha identificado una amenaza: el novio de la hermana. La llegada de unos seres verdes que pretenden conquistar la Tierra amplía un conflicto que la película plantea desde el comienzo. Todo aquel que viene de afuera debe demostrar que merece un lugar dentro de la familia.

Los hermanos y primos de la familia Pearson se organizan para enfrentar a los visitantes sin que los adultos se enteren. Esa condición sostiene la aventura y distribuye los papeles: los chicos observan, toman decisiones y actúan, mientras los padres permanecen al margen de lo que ocurre bajo el mismo techo. La invasión les permite ejercer una autonomía que la vida familiar suele restringir.

El novio, interpretado por Robert Hoffman, ocupa un lugar en esa disputa. Su actitud de superioridad lo convierte en blanco de las maniobras de los chicos y, después, de un humor que trabaja sobre su cuerpo. Hoffman recurre a las muecas, las contorsiones y el exceso gestual para componer a un personaje cuya pretensión de controlar cada situación termina por volverse en su contra.

Pero es en la relación con la tecnología donde la película encuentra una forma de desarrollar sus situaciones. El desconcierto de los chicos ante un teléfono de disco condensa una diferencia entre generaciones: para quienes esperan una respuesta inmediata de los dispositivos, el tiempo que exige marcar cada número se vuelve un obstáculo. El objeto introduce una pausa en un mundo organizado por la velocidad.

Los controles con los que los extraterrestres manipulan a los adultos llevan esa relación un paso más allá. Similares a los joysticks de una PlayStation, convierten los cuerpos en personajes de videojuego. Los chicos comprenden enseguida su funcionamiento porque reconocen una lógica que ya forma parte de su experiencia.

De allí surge la pelea entre el novio y la abuela, construida con movimientos y enfrentamientos que remiten a Mortal Kombat. Las patadas voladoras de la anciana alteran las jerarquías de la casa: la abuela adquiere las habilidades de una luchadora y el joven que exhibía su dominio queda reducido a un cuerpo manejado por otros. El efecto especial funciona porque sostiene una inversión de los papeles, además de producir movimiento.

Esa capacidad para transformar los vínculos en comedia pierde espacio cuando el relato vuelve sobre sus conflictos familiares. El padre que alterna afecto y rezongos, el chico que oculta sus conocimientos para ganar aceptación y la adolescente que encuentra refugio en los suyos después de una decepción responden a un recorrido que deja poco por descubrir.

El problema no pasa por exigirle a Pequeños invasores que reinvente la comedia familiar, sino por observar qué hace con sus convenciones. Cuando incorpora el lenguaje de los videojuegos, encuentra recursos para construir humor y darles iniciativa a los chicos. Cuando debe resolver sus tensiones, se repliega sobre la idea de que la seguridad está dentro de la familia y el peligro llega desde afuera. Los extraterrestres pueden poner la casa en movimiento; los vínculos, en cambio, deben regresar a su lugar.

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