2026-10-28

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Crítica de "Ángel": la comedia negra uruguaya de Manuel Soriano sobre la manipulación y el control

La frontera entre la solidaridad y el narcisismo se vuelve difusa cuando la ayuda exige que el otro actúe según un libreto ajeno. En Ángel (2025), esa contradicción no se plantea como un debate teórico, sino como el motor de una comedia negra donde el intento de reparar la vida de los demás termina funcionando como una forma sutil de dominación.

Ambientada en Montevideo, la trama sigue a un dramaturgo interpretado por Gustavo Suárez que busca el reconocimiento que su carrera no le dio. Para subsistir y volver a sentirse director, ofrece un servicio particular: resolver los problemas de sus clientes mediante situaciones teatrales preparadas sin que todos los involucrados sepan que están participando de una representación. Esa dinámica se traslada de inmediato al espacio privado que comparte con su pareja Kika (Antonella Costa), el bebé de ambos y su padre Terco (Gustavo Garzón), un exguerrillero. En esa convivencia, las defensas que el protagonista hace de la tolerancia colisionan de frente con las objeciones de Kika y la rigidez de Terco.

La tensión entre la representación y la realidad encuentra su correlato en una puesta en escena en blanco y negro que contrapone el espacio cotidiano con el artificio. La acumulación de libros y objetos convierte la vivienda familiar en una trinchera intelectual que encierra a sus habitantes. Mientras el protagonista ensaya sus discursos y recalcula sus argumentos, los planos de reacción de Kika registran el cansancio y el desacuerdo frente a la retórica de los hombres de la casa, mostrando cómo las demandas concretas de la maternidad cuestionan ese universo de palabras incluso desde el silencio.

El humor negro opera en esas fisuras y en la insistencia del personaje por influir en las decisiones íntimas ajenas bajo la apariencia del altruismo. Aunque el guion roza por momentos la reiteración al prolongar discusiones sobre el sexo o los cuerpos, la dirección de Manuel Soriano alcanza su mejor nivel cuando permite que el chiste exponga la violencia latente detrás del razonamiento del manipulador. La serie no busca disculpar al protagonista, sino revelar hasta qué punto su necesidad de demostrar talento termina interfiriendo con los encargos que recibe.

En su tramo final, la propuesta logra situar el conflicto en el terreno del control y la incapacidad para aceptar deseos que no coincidan con el propio libreto. El mayor mérito reside en mostrar que la ayuda se vuelve coerción cuando quien la ofrece necesita que la vida ajena confirme su valor artístico. El talento no sirve para reparar los vínculos cuando se utiliza únicamente como un instrumento para dirigir la conducta de los demás.

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