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Crítica de “Tenzing: Conquistando el Everest”: una hazaña atrapada en su propio relato
Entre la biopic y el cine de montaña, un género que los alemanes popularizaron durante el período mudo, llega Tenzing: Conquistando el Everest (Tenzing, 2026), película dirigida por Jennifer Peedom que recupera la historia del alpinista sherpa Tenzing Norgay, quien el 29 de mayo de 1953 alcanzó la cima del Everest junto al montañista neozelandés Edmund Hillary (Tom Hiddleston).
La historia de Tenzing Norgay tiene su propia película después de que Jennifer Peedom abordara el universo de los sherpas en el documental Sherpa (2015). Esta vez, la realizadora combina la aventura en la montaña con el retrato de un hombre marcado por las tragedias familiares y las barreras sociales. Tenzing no termina de ser reconocido por su comunidad como alguien plenamente integrado y, para los británicos que organizan la expedición, su experiencia parece justificarlo como mano de obra antes que como un alpinista con aspiraciones propias. Animado por su esposa, Dawa (Thinley Lhamo), y con el apoyo de Jill Henderson (Caitríona Balfe), secretaria de la expedición, deberá convencer al coronel John Hunt (Willem Dafoe) de que merece integrar el equipo de escalada.
El guion de Luke Davies articula la historia de superación personal con la dimensión colectiva de la conquista del Everest. Cada tramo del ascenso funciona como una prueba física, pero también como un obstáculo que Tenzing debe superar para conquistar un reconocimiento que excede lo deportivo. La montaña, además, adquiere un sentido diferente: mientras los expedicionarios occidentales la conciben como un territorio que hay que dominar, para Tenzing el Chomolungma es una entidad sagrada, la diosa madre. Esa diferencia condensa dos maneras de relacionarse con la naturaleza y, por extensión, dos posiciones frente al mundo.
Sin embargo, la película subraya tanto el peso de la historia personal que termina debilitando la potencia de su aventura. El uso reiterado de flashbacks que explican los traumas de Tenzing regresan durante el recorrido, como si cada nuevo tramo de la montaña necesitara recordar al espectador las heridas que arrastra el protagonista. El procedimiento vuelve demasiado explícita una relación que podría construirse a través de las acciones, los gestos y las decisiones del personaje. Así, el ascenso se vuelve costoso no solo por las dificultades geográficas y las condiciones extremas, sino también por los obstáculos narrativos que la propia película interpone. Cuanto más busca subrayar la importancia de cada paso, menos espacio deja para que la hazaña produzca su efecto.
El aspecto más interesante de Tenzing: Conquistando el Everest es la representación de las diferencias de clase y las jerarquías coloniales que atraviesan la expedición. Willem Dafoe encarna al coronel Hunt, representante de una autoridad británica que se arroga el derecho de decidir quién merece ocupar un lugar en la historia. Tom Hiddleston, por su parte, interpreta a Hillary, el neozelandés que acompaña a Tenzing en la travesía y cuya relación con él introduce una posibilidad de reconocimiento mutuo dentro de una estructura desigual. La película narra cómo una conquista occidental depende de los conocimientos, la experiencia y el trabajo de quienes permanecieron durante décadas en un segundo plano. El resultado es una biopic correcta, pero incapaz de convertir una hazaña extraordinaria en una experiencia cinematográfica igualmente memorable.