Festiva de San Sebastián - Horizontes Latinos
Crítica de "Cinco años, cuatro meses": El tortuoso viaje de una madre hacia el limbo de la memoria
La mirada se posa en la cara oculta de la tragedia: el desgaste cotidiano, físico, económico y emocional de quienes se quedan buscando, como Martha (Jenny Nava), tras el paradero desconocido de su hijo Fabián. Cinco años, cuatro meses esquiva conscientemente el recurso fácil de la violencia explícita para retratar la implícita, la que no se ve pero que todo lo atraviesa: la omertá, el olvido inducido y una sociedad anestesiada que evita remover el pasado por miedo o por la pura urgencia de la supervivencia.
El relato no escatima recursos en mostrar el coste pragmático de la esperanza. La búsqueda cuesta dinero: viajes en autobús, trámites estériles, exhumaciones frustradas y la titánica tarea de encontrar compatibilidades de ADN en fosas comunes, donde dar con un resultado positivo es una quimera. Esa entrega casi obsesiva erosiona el núcleo familiar. La madre, que cuida del hijo menor, le echa en cara que vuelque sus esfuerzos en la sombra del ausente mientras descuida a quien tiene al lado y la necesita más que nadie. El único sostén real que encuentra proviene de la red de apoyo entre mujeres del grupo de víctimas. Entre ellas destaca Sandra (Carmiña Martínez), golpeada por veinticuatro años de incertidumbre tras la desaparición de su esposo bajo la sombra del miedo y la coerción paramilitar.
Visualmente, la película se apoya en un motivo recurrente de enorme fuerza metafórica: la carretera. La línea continua marcada en el asfalto, el tránsito por túneles iluminados sin final y los flashes de luz intermitentes que acompañan el avance del autobús convierten el viaje físico en la representación de un limbo existencial. Un estado corroborado cuando el cansancio sume a Martha en sueños poblados por sombras humanas difuminadas, que conectan esa sutil frontera entre lo consciente y lo irreal.
En su tramo final, la propuesta narrativa adopta una postura estilística arriesgada. Sandra propone a Martha emprender juntas un enigmático viaje a un pueblo lejano en Vichada para reclamar un favor a los muertos: la última oportunidad para conocer la verdad sobre el destino de sus desaparecidos.
Lejos de la parafernalia esotérica o las apariciones fantasmagóricas habituales del género, la escena de la revelación sobre el lugar exacto donde yacen sus parientes destaca por una puesta en escena sencilla, desnuda de trucos y guiada por la sobriedad. Esta solución formal es el reflejo de un dispositivo antropológico y social profundamente arraigado en las clases populares: allí donde la justicia formal falla y las fosas callan, la mediación simbólica se convierte en el único canal posible de reparación psicológica.
El viaje concluye con la amarga dignidad de quien finalmente ha necesitado poner nombre a la verdad. O, al menos, así necesita creerlo para poder seguir viviendo. Sin embargo, Martha continúa encendiendo las luces de su particular altar doméstico.