Maquinal Centro Cultural (Anchorena 364, CABA)
Crítica de “Hedwig y la Pulgada Furiosa”: el rock como identidad y rebelión
Hedwig and the Angry Inch (2001), la película de John Cameron Mitchell, es hoy una obra de culto y un verdadero grito de libertad a favor de las identidades de género. Nacido en los clubes de rock de Nueva York y luego convertido en un fenómeno teatral, el musical llega a Maquinal con una adaptación dirigida por Julio Panno y Rocío Noziglia, protagonizada por Nacho Pérez Cortés como Hedwig y Gastón Urtubey como Yitzhak.
La puesta propone desde el comienzo romper con la distancia tradicional entre escenario y espectadores. La experiencia empieza antes de la función, en un espacio intervenido con pelucas, televisores, vasos con frases de la película y tragos que recuperan los nombres de las canciones. No se trata solamente de una ambientación: se busca introducir al público en el universo de Hedwig antes de que aparezca sobre el escenario y prolongar ese universo después de la función, con performances que continúan la experiencia.
Pérez Cortés despliega todo su histrionismo para convertirse en Hedwig, la chica trans proveniente de Alemania del Este que busca encontrar su otra mitad, tal como indica el mito sobre el origen del amor. En ese recorrido aparecen Yitzhak, su compañero de espectáculo, y Tommy Gnosis, la pareja no correspondida que terminará convirtiéndose también en una figura fundamental de su relato. Entre el humor, el resentimiento y la vulnerabilidad, Hedwig reconstruye una identidad marcada por el deseo de completarse y, al mismo tiempo, por la necesidad de aceptarse.
El primer acto encuentra su principal diferencial en el diálogo con el público. Hedwig comenta, provoca y recibe respuestas, en una suerte de stand up que recupera uno de los procedimientos de la película y lo adapta al presente. Las referencias al contexto político actual funcionan como una actualización del material original y permiten que el humor se convierta también en una forma de intervención. Por momentos, sin embargo, esta instancia se prolonga más de lo necesario y demora aquello que constituye el corazón del espectáculo: las canciones.
Porque, antes que nada, Hedwig y la Pulgada Furiosa es un musical de rock. Cuando la música toma el centro de la escena, la obra encuentra su mayor potencia. Las canciones, interpretadas en español, no funcionan como simples acompañamientos sino como parte fundamental de la narración y de la construcción del personaje. Allí Hedwig deja de ser solamente una criatura teatral para convertirse en una figura que hace del escenario un territorio de transformación.
La obra sigue funcionando como una oda a la diversidad porque entiende que la identidad no es algo cerrado ni definitivo. El rock aparece entonces como una forma de ruptura, pero también como una posibilidad de reconstrucción. La propuesta de Maquinal recupera esa dimensión y la extiende más allá del escenario, haciendo que el espectáculo continúe en los espacios del teatro una vez terminada la función. Hedwig es rebelión, transformación y también espectáculo: un grito provocador que encuentra en el rock una manera de convertir la diferencia en libertad.